Y al mismo tiempo los hombres allí presentes sacaban de sus sacos otros cartuchos, los mordían, y, en efecto, en todos o en casi todos aparecía arena.

—¡Ese traidor nos ha dado cartuchos de arena!

La terrible voz cundió por la plaza. Allí cerca había un retén de guardia de voluntarios. Sacaron el depósito de cartuchos, mordíanlos, y por cada dos o tres con pólvora, había uno con arena. Esto lo vimos el Gran Capitán y yo, y ambos nos quedamos mudos de indignación.

—Pues indudablemente ha habido traición —dije yo.

—¡Poner arena en los cartuchos! ¡Qué alevosía! Esto es entregar la patria villanamente al extranjero.

—El que tal ha hecho —exclamé no ocultando mi rabia— es un miserable que debe ser castigado.

—Gabriel, no lo creí —vociferó mi amigo, derramando lágrimas de coraje—; no creí que hubiera españoles capaces de semejante vileza. No, el que tal ha hecho no es español.

Y los dos, casi sin darnos cuenta de ello, hicimos coro con la rabiosa multitud, gritando: «¡Mueran los traidores!»

—¡Ese Mañara, ese ladrón! —gritaron a nuestro lado.

—¡Él ha sido! ¡Mueran los traidores y viva Fernando VII!