Amaneció el 2 de diciembre, y a favor de las primeras luces del día se distinguieron fuertes columnas de caballería francesa en los cerros del Norte. Ya estaban allí, y no eran pocos ciertamente.
XVII
Aquella mañana fue muy alegre para nosotros, porque sin motivo alguno que lo justificara, nos sentíamos tan animados, que no nos cambiáramos por los sitiadores. El peligro había acallado por el momento todas las discordias, y nuestro patriotismo nos achicaba las circunstancias desfavorables, aumentando considerablemente las ventajosas. Todo se volvía gritar, dando vivas y mueras, pues nada cuesta triunfar de este modo con las fáciles armas de la lengua.
Nos desayunamos muy contentos con lo que las mujeres del barrio, altas y bajas, feas y bonitas, nos traían en repletas cestas. También fue con la suya Doña Gregoria; mas del contenido de ella no probó bocado D. Santiago, porque, según decía, en los momentos supremos no debe embrutecerse el cuerpo con viciosos regalos.
Lejos de asentir a la más mínima concupiscencia del paladar, increpó D. Santiago a los glotones, y luego, pasando revista a sus compañeros, que, desiguales en estatura, armamento y vestido, no tenían más uniformidad que la de su vejez, ni otro aspecto respetable que el de sus canas, les arengó así:
—Muchachos, acordaos de que todos sois unos buenos chicos, y de que os habéis cubierto de gloria en los reales ejércitos. Ha llegado la ocasión suprema, y desde el momento en que se presenta a las puertas de Madrid ese monstruo infame, ya no pertenecéis a vuestros hogares, ya no pertenecéis a la oficina de Cuenta y Razón, ya no pertenecéis sino a la patria. Compañeros: todos sois hombres experimentados; no como estos mocosos rapazuelos, que no saben coger un fusil. ¡Ya se ve! ¡Cuándo las han visto ellos más gordas! Y basta de sermones, que ahora, obras y no palabras, y más vale una buena puntería que cien discursos; conque, compañeros: ¡viva Fernando VII! y sepan que los estima su amigo y seguro servidor Santiago Fernández.
Esta alocución del veterano hizo reír a muchos de sus amigos, y casi, casi... si no fuera por temor a denigrar la memoria de varón tan insigne, diría que la recibieron con chistes, jácaras y todas las zandunguerías que son propias de los españoles, aun en apretadas ocasiones de la vida; pero Fernández, sin hacer caso, seguía tomando enérgicas disposiciones. Quiso también meter su cucharada en la artillería, echándoselas de gran balístico; pero le mandaron que fuera a rezar el rosario, insulto que le exasperó de tal manera, que, a no reparar en consideraciones patrióticas de gran peso, habríale abierto en dos tajadas la cabeza al descomedido y grosero que tal dijo.
En confianza revelaré a mis lectores que el deslenguado y procaz que de tal modo prohibió a nuestro Gran Capitán que se acercase a los cañones, fue el insigne Pujitos, flor y espejo de los entremetidos, personaje de todas las ocasiones y de todos los sitios, a quien la suerte nos deparó también por compañero en aquella gran jornada.
A eso de las doce nos visitó el Capitán General con D. Tomás de Morla, y aunque los vitoreamos hasta quedar roncos, no me pareció que estaban ellos muy satisfechos. Aún permanecían allí cuando distinguimos un gran tropel de franceses por la Mala de Francia abajo y flanqueando el camino. Era la avanzada del Cuerpo de Bessières que venía a intimarnos la rendición. Cuando el parlamentario llegó a Los Pozos, poco faltó para que los más belicosos y trapisondistas le despidieran a puntapiés; pero al fin fue recibido decorosamente, y se le contestó que no nos daba gana de rendirnos.
—Como no sea por medio de artimañas, embaucamientos o pérfidas tretas, semejantes a aquella del caballo de Troya, no nos rendiremos —me dijo Fernández—. Mira qué cabizbajo se va el oficial a dar la infausta nueva a su Emperador. Me parece que veo a este pateando y arrancándose los pelos de rabia al saber nuestra respuesta.