Durante aquella tarde no volvieron parlamentarios, ni se presentó fuerza alguna francesa; pero a lo lejos distinguíamos el movimiento de las columnas tomando posiciones y estableciendo trincheras para la artillería, lo cual indicaba que los franceses diferían la función para el día 3. Durante la noche el mariscal Ney hizo otra intimación; pero fue hacia la parte de Recoletos o Puerta de Alcalá.

—¿Ves cómo no se atreven a volver acá, ni quieren más cuentas con nosotros? —dijo el Gran Capitán cuando lo supo—; pero allá les habrán contestado lindezas. Ya se ve: comprendiendo que por las armas no pueden nada, ponen en juego melosidades, agasajos y socaliñas. Pero durmamos, Gabriel, con toda tranquilidad, pues me parece que mañana 3 tampoco habrá nada, y sabe Dios si al ver el aparato de estas intomables fortificaciones, habrán decidido retirarse del lado allá de la sierra.

No necesito decir que de todo en todo se engañaba mi optimista amigo, pues cuando dormíamos a pierna suelta en la huerta de Bringas al calor de una hermosísima hoguera, nos despertaron unos tremendos cañonazos que retumbaban en todo Madrid con pavoroso ruido.

—¡A las armas! —dijo Fernández—. Levántense todos, y si cae una granada, arrojarse de barriga. Mi opinión es que hagamos una salida para ver de ponerle las peras a cuarto a esos de los cañoncitos. Mirad, chicos: hacia Chamberí hay una batería.

Al punto nuestros artilleros, que eran mitad de línea y mitad paisanos, se dispusieron a la defensa; y como dos de las piezas hicieran fuego, no quisimos ser menos los infantes, y allá fue una descarga sin saber contra quién.

Densa niebla envolvía la tierra, y no se percibían los lejos, lo cual hizo que figurándonos nosotros tener enfrente un formidable ejército, disparásemos cañones y fusiles en ruidosísima salva sin resultado alguno, pues los franceses no soñaban con atacar Los Pozos, y las detonaciones oídas eran las de la artillería que empezaba a embestir la Puerta de Recoletos.

—Cese el fuego —dijo nuestro jefe—. No nos atacan ni hay enemigos en la Mala de Francia.

—¿Pues cómo ha de haber? —dijo el Gran Capitán dando fuerte patada en el suelo—. ¿Cómo ha de haber si han huido todos?

—No hay tal trinchera ni cosa que lo valga en Chamberí. Los franceses están hacia la Fuente Castellana.

—A mí que no me vengan con músicas —gruñó el Gran Capitán preparando su arma—. Favorecidos de la niebla, esos miserables quieren engañarnos. Haré fuego mientras me quede un cartucho.