Seguía disparando como si quisiera acribillar la espesa cortina de niebla, por cuyo insensato acaloramiento pronto se quedó sin municiones. Y como continuaran oyéndose tiros de cañón hacia nuestra derecha, Fernández exclamaba, volviéndose a sus amigos:
—Van en retirada, valientes compañeros. Gracias a vuestro arrojo temerario, todo se acabará felizmente.
Por largo tiempo estuvimos quietos y mudos, esperando con la mayor ansiedad a que de una vez se nos atacara; pero pasaban horas y como no fuera D. Santiago, nadie veía enemigos enfrente, ni lejos ni cerca. Entre ocho y nueve, el fuego de cañón y de fusilería arreció tanto por Recoletos, que no dudamos era este sitio teatro de una vigorosa lucha; y al mismo tiempo, como comenzase a disiparse la niebla, vimos que cesaba poco a poco aquel desdeñoso abandono en que el Emperador nos tenía, porque corrían de oriente a poniente algunas columnas con apariencia de tener en respeto a las cuatro puertas septentrionales.
—Gracias a Dios —dijo Fernández—, que se atreven a atacarnos. Por detrás del parador del Norte me parece que avanza un cuerpo de artillería de batalla.
No tardaron en romper el fuego contra las trincheras de Los Pozos, y nuestros seis cañones, que ya rabiaban por tomar formalmente la palabra, contestaron con precisión; mas para que todo fuera desastroso, mientras la bala rasa de sus piezas nos deterioraba los espaldones, nuestros proyectiles, lanzados por la carretera adelante o hacia la derecha, apenas llegaban hasta ellos: tan inferior era la artillería española en aquel trance. Entonces comenzó una lucha, que antes que lucha debería llamarse simulacro, harto deslucida para nosotros, pues más nos hubiera valido ser destrozados por el enemigo, que soportar tan cruel situación; y fue que los franceses nos cañoneaban desde muy lejos con sus piezas de superior calibre, y mientras recibíamos cada poco rato la visita de una bala rasa o de una granada, a nosotros no nos era posible hacerles daño alguno.
—Pero esos cobardes, canallas, ¿por qué no se acercan? —decía Fernández bufando de cólera—. Eso no es de caballeros, no, señor: cañonearnos sin piedad, destruyendo los parapetos con tanto trabajo levantados, y ponerse en donde no alcanzan las balas de aquí, eso no es de gente hidalga, y bien dicen que Napoleón ha hecho siempre la guerra de mala fe.
—¡Malditos sean! —gritó el oficial que nos mandaba—. Esta era ocasión para hacer una salida, si tuviéramos un puñado de gente de la buena que yo conozco.
—¿Pues y nosotros, pues y mis amigos, todos estos bravos muchachos de la compañía de honrados? —dijo el Gran Capitán dando un fuerte golpe en el suelo con la culata—. ¿Pues qué desean ellos, sino es salir para que esa canalla se marche de ahí o se ponga al alcance de nuestros fuegos?
—Lo que es eso, buenos tontos serán si lo hacen, pudiendo foguearnos a pecho descubierto.
—Saldremos, sí, saldremos —insistió mi amigo—. Muchachos, os conozco en la cara el ardor sublime y el generoso patriotismo que os inflama. Rabiando estáis por cebaros en esa gentuza. ¿Salimos, señor coronel?