Cuando llegué a la Puerta de Los Pozos, los soldados y voluntarios estaban en actitud un tanto sediciosa. El Gran Capitán, que continuaba en el jardín de Bringas, no quería creer la noticia de la próxima y ya inevitable capitulación.

—Gabriel —me dijo—, eso que cuentan no puede ser cierto, y sin duda es alguna estratagema de D. Tomás de Morla. ¡Cómo se miente! ¿Creerás que unas desvergonzadas mujeres llegaron aquí diciendo que el Prado y media calle de Alcalá estaban en poder de la Francia? Me dio tal enfado, que si no estuviera mi mujer entre las que tal insolencia decían, las habría atravesado de parte a parte.

No quise darle un disgusto, y callé.

—Aquí hemos tenido un combate terrible —continuó—. Se atrevieron a acercarse, y esa compañía de voluntarios salió y les hizo tan terrible fuego, que no han vuelto a asomar las narices. En tan grande acción, no tuvimos más que cinco muertos y once heridos.

Vi, en efecto, que Pujitos se ocupaba en acomodar estos últimos en las casas inmediatas con auxilio del generoso vecindario, y que en torno a los cinco primeros una multitud de mujeres entonaban estrepitoso miserere de imprecaciones y lamentos. En las cuatro puertas septentrionales no había ocurrido otra lucha importante que aquella que Fernández me refería.

El cual prosiguió así:

—Pensar que aquí nos rendiremos, es pensar en lo imposible. Ríndase todo Madrid; mas no se rendirán Los Pozos. ¿No es verdad, muchachos?

Los muchachos, sentados en el suelo del citado jardín, y a la redonda, despachaban unas sopas, acompañados de mujeres y chiquillos; y con tanta gana comían, y tal era su pachorra y tranquilidad, que no me parecieron dispuestos a secundar los gigantescos planes del portero de la oficina de Cuenta y Razón. Antes bien, el uno con su reumatismo, el otro con sus toses, y aquel con sus escalofríos, tenían cara de satisfechos por el fin de una aventara que empezó con visos de ser broma pesada.

—Pues si está de Dios que nos rindamos, nos rendiremos —dijo un bravo, que lo menos tenía a cuestas sesenta años y pico.

—Hemos hecho todo lo que exigía el honor. No es posible más —dijo otro—. Cuando los jefes han acordado la rendición, ya sabrán que es imposible resistir.