—Yo —añadió un tercero— he cumplido con mi deber. Lo menos he disparado tres tiros.
—Y yo, aunque no he disparado ninguno, le cargaba la escopeta a aquel soldadillo del bigote rubio.
—Esto no se puede oír —exclamó bramando de ira D. Santiago—. Pero ¿qué se puede esperar de unos hombres que se ponen a comer sopas, cuando tenemos a cien varas de nosotros al vencedor de Europa? ¡Fuera de aquí, almas de mazapán, cuerpos momios y sangre de arrope! ¿De qué os valen esas canas que estáis deshonrando? ¿De qué vuestros años, hasta ahora no envilecidos? ¿De qué el haber asistido a aquellas gloriosas campañas?... Nada, lo dicho, dicho. Se rendirá Madrid; pero no se rendirán Los Pozos.
—Mira, marido mío —dijo a esta sazón Doña Gregoria, que en unión de las otras vecinas había venido con un canastillo y algo de bebida para D. Santiago—, ya has cumplido con tu deber; ya te has portado como un valiente, y tan verdad es esto, que por todo Madrid andan contando tus hazañas, y hasta el Capitán General dicen que echó un discurso poniéndote por modelo de los buenos patriotas. Basta ya, y puesto que todo se acabó, y no hay más guerra por ahora, no seas testarudo. ¿Qué vas a hacer tú solo?
El Gran Capitán no contestaba, y paseo arriba, paseo abajo, con el arma al brazo, atendía tan solo a sus agitados pensamientos.
—Dejémonos de tonterías, marido mío —añadió Doña Gregoria—, y vamos a despachar este cocidito y esta botella de vino. ¿Acaso puede Napoleón decir que te ha vencido? Eso no, porque buen cuidado tuvo de no asomar por aquí; que si tú lo llegas a coger...
—Quítate de mi vista, vete de aquí —gritó de improviso el veterano—; y no me seduzcas con tu cocidito y tu bebida, que no soy hombre que se entrega a la molicie en días de peligro. Afuera los cantos de sirena, y las seducciones del amor y los ricos manjares. No como: he dicho que no como, y basta. He dicho que no volveré a mi casa vencido, y no volveré. Se rendirá Madrid; pero yo no me rindo.
—¡Hay hombre más cabezudo!
Entonces el Gran Capitán llamó a su mujer, y llevándola aparte conmigo a un rincón de la huerta de Bringas, que era donde estábamos, le habló así muy gravemente:
—Señora Doña Gregoria Conejo, ¿cuánto hace que nos casamos?