—Cuarenta y cinco años, tres meses y nueve días, si no cuento mal —respondió absorta la anciana, sin comprender en qué pararía aquello.

—En estos cuarenta y cinco años, tres meses y nueve días, ¿le he dado algún disgusto a la señora Doña Gregoria Conejo?

—No, marido mío —respondió algo conmovida.

—Pues bien: si le he dado alguno, le ruego que me lo perdone, y está dicho todo.

—Tú estás loco, Santiaguillo. ¿A qué dices esas necedades?

—¿Tiene usted alguna queja de su marido?

—Yo no; y como él no la tenga de mí...

—Pues por mi parte —dijo el Gran Capitán con alguna emoción—, yo le digo a Doña Gregoria Conejo que la quiero hoy lo mismo que el día que nos casamos, y que todavía me parece tan guapa, tan mona y tan salada como cuando éramos novios, y que no tengo ninguna queja de ella, más que la de no haberme dado hijos, lo cual, en verdad, ha sido voluntad de Dios.

—Sí, niñito mío —respondió la vieja—; ¿pero a dónde va tanto hablar?

—Esto va a que te retires y me dejes, porque si no, reñimos por primera vez. Pero te has de ir perdonándome todo agravio que te haya hecho en el discurso de nuestra común vida. En mi testamento te dejo todo lo que poseo, que no es mucho, y además de las ocho misas que dejo mandadas, harás que me digan otras ocho. Y quiero que me entierren con mi lanza y con los dos reales que me dio Don Luis Daoiz, cuando le llevé las botas a la calle de la Ternera, y basta ya de palabras.