—¡Ay, Santa Virgen de Maravillas, que mi marido está loco y se quiere matar! —exclamó Doña Gregoria, echándole los brazos al cuello—. Santiaguillo, no digas tales simplezas... ¿Me quieres dejar viuda? ¿Qué es eso de testamentos y misas?

—He dicho que si Madrid se rinde, no se rendirán Los Pozos; y si Los Pozos se rinden, no se rendirá el jardín de Bringas —afirmó secamente el anciano, deshaciéndose de los brazos de su esposa—. ¡Atrás, seductora; atrás, sirena; atrás, flaqueza de mi valor!

—¡Bárbaro, animal! —dijo llorando la buena mujer—. ¡Este pago me das; así tratas a la que te ha querido tanto! Si fue ayer cuando nos casamos, y me parece que te estoy viendo venir con tu gorra de cuartel, tan garboso y tan chusco, a la reja de la casa donde yo servía... A ver, chiquillo, si te acuerdas de aquellas coplitas que me cantabas...

—Yo no estoy para coplitas, señora. Retírese usted.

—¡Y estar una queriendo a un hombre cincuenta años, estar una enamorada toda la vida y mirándose en los ojos de su marido, para recibir este pago!... Santiago, mira que me enfado. Vámonos a casa, y maldito sea el Emperador, causante de mis desgracias, y a quien vea yo comido de perros.

Ni los ruegos, ni las amenazas, ni los artificios de su mujer, quebrantaron la entereza de mi ilustre amigo, el cual, resistiéndose a tomar alimento, por no caer en la molicie, rechazando toda idea de descanso, volvió a pasearse de largo a largo en la extensión de la huerta, arma al brazo.

Y sucedió que una infinidad de chiquillos del barrio, a quienes antes se había prohibido introducirse allí, vencieron, por fin, con la gran fuerza de su curiosidad y travesura, los rigores de la guardia; se colaron repentinamente y en tropel; recorrieron la fortificación, metiendo las narices por todas partes, y tocando con sus manos los cañones y cureñas, gozosos de ver tan de cerca todo aquel tremendo aparato. Como el asedio se daba por concluido, nadie se cuidaba de estorbar su impertinentísima inspección y entrometimiento. Luego que en todo pusieron las manos, las narices y los ojos, empezaron a imitar a los soldados, dando gritos de guerra y marchando a compás, todo según en las personas mayores habían visto, y con estos militares aspavientos entráronse por la huerta de Bringas adelante, batiendo cajas, disparando tiros, soplando cornetas y relinchando al modo de caballos, todo hecho con la boca, en mil discordes sones que atronaban el espacio. Y en cuanto divisaron a D. Santiago Fernández, a quien los más conocían, fueron derechos a él y le rodearon, gritando entre saltos, brincos, cabriolas y corcovos: «¡Viva el Gran Capitán, viva el Grandísimo Capitán!»

Visto y oído lo cual por nuestro insigne veterano, parose, y quitándose el sombrero hizo varios saludos y cortesías, diciendo:

—Gracias, mil gracias, señores míos. Ya he dicho que si Madrid se rinde, yo no me rindo.

Las aclamaciones y los chillidos, siempre acompañados de zapatetas, cabriolas y vueltas de carnero, tocaron los límites del delirio.