—Todos vosotros sois grandes patriotas, ¿no es verdad? —prosiguió mi amigo—; y no como estos cobardes, corrompidos por los placeres. Ya veo que la juventud vale más que la edad madura, y a mi lado os quisiera ver, valientes españoles, defendiendo a nuestro amado Monarca.

La algazara y jaleo de los muchachos al oír esto, fue tal, que no cabe en descripción ni en pintura, pues no parecía sino que cuantos angelitos engendraron los matrimonios de un siglo, estaban allí haciendo de las suyas. Allí vierais el correr, el atropellarse, el darse de coscorrones, el cantar y gritar, el batir palmas, el tirar coces, el correr y dar vueltas, arremolinándose en torno de mi amigo, cuyas piernas por largo tiempo estuvieron sin movimiento en medio de aquel zumbador enjambre.

—Tantas muestras de afecto, señores —dijo al fin—, me conmueven, y no las puedo considerar sino como una prueba de lo bien acogida que ha sido en Madrid mi conducta. Pero digan ustedes por ahí que el cumplimiento del deber no merece alabanzas, pues estas solo son para lo extraordinario y heroico. Mi deber es defender este sitio, y le defenderé. Conque basta ya de aclamaciones y aplausos.

¡Pero que si quieres! ¡Buena familia era aquella para hacer caso de tales exhortaciones! Fue preciso que uno de los jefes diera orden de echarlos afuera, y aun así costó trabajo librar a D. Santiago de la ruidosa ovación. Además, quiso nuestro coronel que todas las personas extrañas desalojaran el recinto fortificado, y al fin, no sin esfuerzo, hicimos salir a las mujeres, inclusa Doña Gregoria, que se fue llorosa y entristecida, encargándome que no perdiese de vista a su buen marido.

No sé si he dicho que por Los Pozos había pasado poco antes a caballo D. Tomás de Morla, camino de Chamartín, donde el Corso tenía su cuartel general. Largo rato duró la conferencia con el Emperador, porque el regreso de Morla fue muy tarde, y por cierto que, al volver, su rostro demudado y tenebroso demostraba que en la entrevista había habido sapos y culebras. Aquel gigante con corazón de niño fue tratado por Napoleón como un muchacho de escuela. Después se supo que el vencedor le puso cual no digan dueñas, sacándole a relucir el haber permitido que no se cumpliera la capitulación de Bailén, y amenazándole con fusilarle a él y a sus tropas si la población no se rendía antes de las seis de la mañana del día siguiente.

La tarde pasó sin ningún acontecimiento militar digno de contarse. Los franceses ocupaban sus posiciones sin hacer fuego, y nosotros, seguros de que todo se daría por concluido, estábamos también quietos y en expectativa. La agitación en el interior de la villa, persistía; y según oí, numeroso gentío, nada tranquilo por cierto, llenaba la Puerta del Sol, con la atención fija en la casa de Correos, residencia de la Junta.

Rendido de cansancio, el gran Pujitos tendiose en el suelo junto a mí, y me dijo:

—Ya esperaba yo esto que ha pasado. ¿No te dije que los traidores iban a vendernos a los franceses?

—Más que a la traición —respondí con mucha tristeza—, debemos atribuir este mal resultado a la falta de recursos para la defensa.

—¿Qué? —gritó el héroe con mucho enojo—. ¡Qué falta de recursos ni qué niño muerto! Con los voluntarios basta y sobra. Pero, hijo, contra traidores nada podemos, y así los vea yo podridos, y mala sarna se los coma. Hace poco estuvo aquí el malcarado y peor chapado Santorcaz, y no lo despabilé por aquello de que uno no quiere meter bulla en estas ocasiones; pero...