Y dio un resoplido que anunciaba exterminadores proyectos contra los enemigos de la patria.

—¿Y a qué vino acá ese charlatán embaucador?

—A buscarte, muchacho. ¿Sabes que debes andarte con cuidado? Cuando le dijimos que no estabas, dio la gran patá en el suelo y apretó los dientes. Venían con él Majoma, Tres Pesetas y otros perdidos que ahora le hacen la comitiva, junto con un tal Román, que fue criado de una casa rica. Este, cuando oyó que no estabas y vio que Santorcaz daba aquella gran patá, le dijo: «Pues esta noche no se nos escapará.» ¿Qué tal? Mala gente es esa, Gabriel, y ya te dije que están vendidos en cuerpo y alma a los franceses. De modo que ahora hay que huir de ellos como de la sarna, porque los meterán en lo que llaman pulicía, que es al modo de alguaciles, para prender al que se les antoje.

—No me prenderán a mí —dije—, por lo menos mientras sea soldado. Después de la rendición, yo buscaré medios de que no me cojan, aunque la verdad, amigo Pujitos, no sé por qué me quieren mal esos señores, ni por qué hablan de si me escaparé o no me escaparé.

—Te digo que son malos más que Judas, y que ahora harán ellos migas con los franceses, como que todos son unos, lobos y zorros... pues, y a todo el que tengan entre ojos le molerán a palos, si no es que me le arman un trementorio de otrosíes, y me lo empapelan y me lo ponen a la sombra.

—En todo eso que ha dicho el amigo Pujitos —respondí— hay mucho de verdad. Quiera Dios no nos den que sentir esos bergantes; y si en Madrid no podemos vivir, afuera todo el mundo, y combatamos allí donde sepan morir antes que rendirse a los franceses.

Levantose el héroe, y poniéndose la mano en el pecho, hizo exclamaciones de ardiente patriotismo, después de lo cual nos separamos.

Al avanzar la noche, la tropa de línea que estaba en Los Pozos recibió orden perentoria de internarse, y fue que cuando la Junta acordó formalmente la capitulación, no queriendo el Marqués de Castelar presenciar este hecho, ni tampoco que se rindiera la tropa, discurrió el escapar con ella por la Puerta de Segovia, lo que verificó con toda felicidad a media noche. Solos los paisanos, ¿qué esperanza quedaba? Para que la rendición de Madrid fuera honrosa, la diplomacia, no las armas, debía hacer un esfuerzo.

Yo conté al Gran Capitán lo que pasaba, con la esperanza de que, desalentado, se retirase a su casa, como habían hecho otros pobres veteranos, convencidos de su inutilidad. El juró y perjuró que era imposible una capitulación acordada por la Junta; pero contra lo que yo esperaba, de repente dijo:

—Tengo que ir a mi casa, Gabriel: ¿quieres acompañarme?