—Déjenmele —gritaba el Parricida—, y le arranco de un bocado el corazón.

Y el otro:

—Chillas porque sabes que no te dejan... Siempre que quieras, te saco a paseo todas las entrañas, que ni los cuervos las quieren.

Y plantándose en medio del calabozo con aire arrogante y provocativo, prosiguió así:

—Ea, caballeros, a callar, y oigan lo que les digo. Sepan y entiendan todos que a este buen hombre que está aquí yo le defiendo lo mismo que si fuera mi padre; sepan que entre tantos pillos, desalmados y ladrones, hay un ladrón decente que, como tiene alma de hombre cristiano, se pone de parte de este que calla cuando le insultáis, que aguanta cuando le maltratáis, y que en vez de ofenderos os perdona. Y para que se enteren y rabien, les digo también que este hombre es bueno, y yo por santo le declaro, y aquí estoy yo para responder a todo el que lo ponga en duda. A ver, pillería, ¿hay alguien que me niegue lo que digo? Que salga el que lo niegue, y si salen todos a la vez, aquí estoy.

Con tan enfática entereza hablaba el Sacrílego que los otros no chistaron, y espantados miraban su rostro, que a la claridad de la luna confusamente se distinguía. Algunos, los menos fieros, empezaron a evadir la cuestión con chirigotas. El Parricida, mordiéndose los labios, masticaba palabras soeces y amenazadoras. Echándose en el suelo como un perro indolente, tan solo dijo:

—Alborota, niño, alborota, para que entren los guardias y me echen a mí la culpa, como siempre, y paguemos justos por pecadores.

—Tú eres el que alborota, mala sangre —dijo el Sacrílego paseándose a lo largo, dueño ya del terreno—. Escandalizas porque sabes que los guardias siempre me echan la culpa a mí de todas las camorras... Lo dicho, dicho: este buen hombre es un santo de Dios, y yo lo sostengo delante de toda la canalla del mundo; un santo de Dios, abran las orejas y oigan, un santo de Dios, y el que le toque al pelo de la ropa se verá conmigo aquí y en donde quiera.

Oyeron al fin los civiles el escándalo, y desde la estancia próxima abrieron para imponer silencio.

—Es una broma, guardias —dijo el Parricida—. De ello tiene la culpa el clérigo maldito, que se mete a predicarnos y no nos deja dormir.