—No es verdad —afirmó con resolución el Sacrílego—. El clérigo no es culpado, ni ha hecho lo que este dice. El que predicaba soy yo.
Con cuatro ternos, y la amenaza de predicar con las culatas de los fusiles, calló toda la pillería, y un silencio disciplinario reinó en la prisión. Mucho después de esto, cuando ya el Parricida y consortes dormían con estúpido sueño, pesada sedación de su barbarie, Nazarín se echó donde antes había estado el Sacrílego. Este se le puso al lado, sin hablar con él, como si un respeto supersticioso le atara la lengua. Adivinó esta confusión el sacerdote, y le dijo:
—Dios sabe cuánto te agradezco tu defensa. Pero no quiero que te comprometas por mí.
—Señor, lo hice porque me salió de dentro —replicó el ladrón de iglesias—. No me lo agradezca, que esto nada vale.
—Has sentido compasión de mí, te has indignado por la crueldad con que me trataban. Esto significa que tu alma no está toda viciada, y si quieres aún puedes salvarte.
—Señor —afirmó el otro con aflicción sincera—, yo soy muy malo, y no merezco ni tan siquiera que usted hable conmigo.
—¿Tan malo, tan malo eres?
—Mucho, muchísimo.
—A ver, a ver: ¿cuántos robos has hecho? ¿Habrán sido... cuatrocientos mil?
—No tantos... En sagrado nada más que tres, y uno de ellos de cosa poca, nada..., una vara de san José.