—Todo eso está muy bien —le dije—, pero podría usted, padre, vivir mejor de lo que vive. Ni esto es casa, ni estos son muebles, ni por lo visto, tiene usted más ropa que la puesta. ¿Por qué no pretende usted, dentro de su estado religioso, una posición que le permita vivir con modesta holgura? Este amigo mío tiene mucho metimiento en ambos cuerpos colegisladores y en todos los ministerios, y no le sería difícil, ayudándolo yo con mis buenas relaciones, conseguir para usted una canonjía.

Sonrió el clérigo con cierta sorna, y nos dijo que ninguna falta le hacían a él canonjías, y que la vida boba de coro no cuadraba a su natural independiente. También le propusimos agenciarle alguna plaza de coadjutor en las parroquias de Madrid, o un curato de pueblo, a lo que respondió que si le daban tal plaza la tomaría, por obediencia y acatamiento incondicional a sus superiores.

—Pero tengan por seguro que no me la dan —añadía con seguridad exenta de amargura—. Y con plaza y sin plaza, siempre me verían ustedes tal como ahora me ven, porque es condición mía esencialísima la pobreza, y si me lo permiten, les diré que el no poseer es mi suprema aspiración. Así como otros son felices en sueños, soñando que adquieren riquezas, mi felicidad consiste en soñar la pobreza, en recrearme pensando en ella, y en imaginar, cuando me encuentro en mal estado, un estado peor. Ambición es esta que nunca se sacia, pues cuanto más se tiene, más se quiere tener, o hablando propiamente, cuanto menos, menos. Presumo que no me entienden ustedes, o que me miran con lástima piadosa. Si es lo primero, no me esforzaré en convencerles; si lo segundo, agradezco la compasión, y celebro que mi absoluta carencia de bienes haya servido para inspirar ese cristiano sentimiento.

—¿Y qué piensa usted —le preguntamos con pedantería, resueltos a apurar la interview— de los problemas pendientes, del estado actual de la sociedad?

—Yo no sé nada de eso —respondió encogiéndose de hombros—. No sé más sino que a medida que avanza lo que ustedes entienden por cultura, y cunde el llamado progreso, y se aumenta la maquinaria, y se acumulan riquezas, es mayor el número de pobres, y la pobreza es más negra, más triste, más displicente. Eso es lo que yo quisiera evitar, que los pobres, es decir, los míos, se hallen tan tocados de la maldita misantropía. Crean ustedes que entre todo lo que se ha perdido, ninguna pérdida es tan lamentable como la de la paciencia. Alguna existe aún desperdigada por ahí, y el día que se agote, adiós mundo. Que se descubra un nuevo filón de esa gran virtud, la primera y más hermosa que nos enseñó Jesucristo, y verán ustedes qué pronto se arregla todo.

—Por lo visto es usted un apóstol de la paciencia.

—Yo no soy apóstol, señor mío, ni tengo tales pretensiones.

—Enseña usted con el ejemplo.

—Hago lo que me inspira mi conciencia, y si de ello, de mis acciones, resulta algún ejemplo, y alguien quiere tomarlo, mejor.

—Su credo de usted, en la relación social, es, según veo, la pasividad.