—No, señor, no lo es.
—¿Y no cree usted que la dignidad de un sacerdote es incompatible con la humillación de recibir limosna?
—No, señor: la limosna no envilece al que la recibe, ni en nada vulnera su dignidad.
—¿De modo que usted no siente herido su amor propio cuando le dan algún socorro?
—No, señor.
—Y es de presumir que algo de lo que usted reciba pasará a manos de otros más necesitados, o que lo parezcan.
—Alguna vez.
—¿Y usted recibe socorros, para usted exclusivamente, cuando los necesita?
—¿Qué duda tiene?
—¿Y no se sonroja al recibirlos?