—Dudo que haya tales cosas; dudo que amparen al débil contra el fuerte; pero aunque existiera todo eso que usted dice, mi tribunal es el de Dios, y para ganar mis litigios en ese, no necesito papel sellado, ni abogado, ni pedir tarjetas de recomendación.
—En esa pasividad, llevada a tal extremo, veo un valor heroico.
—No sé... Para mí no es mérito.
—Porque usted desafía los ultrajes, el hambre, la miseria, las persecuciones, la calumnia, y cuantos males nos rodean, ya provengan de la naturaleza, ya de la sociedad.
—Yo no los desafío, los aguanto.
—¿Y no piensa usted en el día de mañana?
—Jamás.
—¿Ni se aflige al considerar que mañana no tendrá cama en que dormir, ni un pedazo de pan que llevar a la boca?
—No, señor, no me aflijo por eso.
—¿Cuenta usted con almas caritativas, como esta señora Chanfaina, que parece un demonio y no lo es?