—Duermo en el campo. No es la primera vez.
—¿Y si no hay quien lo alimente...?
—El campo, el campo...
—Y por lo que he visto, le injurian a usted mujerzuelas, y usted se calla, y aguanta.
—Sí, señor, callo y aguanto. No sé lo que es enfadarme. El enemigo es desconocido para mí.
—¿Y si le ultrajasen de obra, si le abofetearan...?
—Sufriría con paciencia.
—¿Y si le acusaran de falsos delitos...?
—No me defendería. Absuelto en mi conciencia, nada me importarían las acusaciones.
—¿Pero usted no sabe que hay leyes, y tribunales que le defenderían de los malvados?