—Ya, ya..., una de las cuatro... señoras que estuvieron aquí el día que me robaron, y por consuelo me pusieron como hoja de perejil.
—Yo fui mismamente la que le insulté más, y la que le dije cosas más puercas, porque... La Siona es mi tía... Pero ahora le digo que la Siona es más ladrona que Candelas, y usted un santo... Me da la real gana de decirlo porque es la realísima verdad..., ¡mal ajo!
—¿Conque Ándara...? Pero yo quiero saber...
—Nada, padrito de mi alma, que aquí donde me ve, ¡por vida del Verbo!, he hecho una muerte.
—¡Jesús!
—No sabe una lo que hace cuando le tocan a la diznidá... Un mal minuto cualisquiera lo tiene... Maté..., o si no maté, yo di bien fuerte..., y estoy herida, sí, padre..., tenga compasión... La otra me tiró un bocado al brazo y me levantó la carne... santísima: con el cuchillo de la cocina alcanzó a darme en este hombro, y me sale sangre.
Diciéndolo, se cayó al suelo como un saco, con muestras de desvanecimiento. El padrito la palpó, llamándola por su nombre.
—Ándara, señora Ándara, vuelva en sí, y si no vuelve y se muere de esa tremenda herida, haga propósito mental de arrepentimiento, abomine de sus culpas para que el Señor se digne acogerla en su santo seno.
Todo esto ocurría en oscuridad casi completa, pues la luna se había ocultado, cual si quisiera favorecer la evasión y escondite de la malaventurada mujer. Nazarín trató de incorporarla, cosa no difícil, por ser Ándara de pocas carnes; pero se le volvió a caer de entre las manos.
—Si tuviéramos luz —decía el clérigo muy apurado—, ya veríamos...