—¿Pero no tiene luz? —murmuró al fin la tarasca herida, volviendo de su desmayo.
—Vela tengo; pero ¿con qué la enciendo, Virgen Santísima, si no hay mixtos en casa?
—Yo tengo..., búsquelos en mi bolsillo, que no puedo mover el brazo derecho.
Nazarín tocaba de abajo arriba, en el cuerpo de la infeliz, como quien toca una pandereta, hasta que al fin sonó algo como un cascabel en medio de las ropas, impregnadas de una pestilencia con falsos honores de perfume. Revolviendo con no poco trabajo, encontró la caja mugrienta, y ya estaba el hombre raspando el fósforo para sacar lumbre, cuando la mujerona se incorporó asustada, diciéndole:
—Cierre antes las maderas. Podría verme algún vecino que ande por ahí, ¡contro!, y entonces buena la hacíamos...
Cerradas las maderas y encendida luz, Nazarín pudo cerciorarse del lastimoso estado de la infeliz mujer. El brazo derecho lo tenía hecho una carnicería, de arañazos y mordiscos, y en la paletilla una herida de arma blanca, de donde brotaba sangre, que le teñía la camisa y el cuerpo del vestido. Lo primero que hizo el curita fue desembarazarla del mantón, y luego le abrió, o desgarró, conforme pudo, el cuerpo de la bata de tartán. Para que estuviese más cómoda, le trajo la única almohada que en su cama tenía, y procedió a la primera cura con los medios más primitivos, lavar la herida, restañarla con trapos, para lo cual hubo de hacer trizas una camisa que le regalaran aquel mismo día unos amigos de la vecindad. Y la tarasca, en tanto, no paraba de hablar, refiriendo el trágico lance que a tal extremidad la había traído.
—Ha sido con la Tiñosa.
—¿Qué dices, mujer?
—Que la bronca fue con la Tiñosa, y la Tiñosa es la que he matado, si es que la maté, pues ya lo voy dudando. ¡Contro!, cuando yo la agarré por el moño y la tiré al suelo, ¡ay!, le di el navajazo con toda mi alma, para partirle la suya... ¡Mal ajo! Pero ahora..., me alegraría de saber que no la había matado...
—Tal para cuál. ¿Conque la Tiñosa? ¿Y quién es esa señora?