III

Todo el resto del día estuvo sola la buena pieza, pues el padrito no se daba prisa por volver a su domicilio. Recelos y desconfianzas de criminal acometieron, por la tarde, a la malaventurada mujer. «¡Si me denunciará este buen señor! —se decía, no pudiendo pensar más que en la anhelada impunidad—. No sé, no sé..., porque unos le tienen por santo, y otros por un pillete muy largo, pero muy largo... No sabe una a qué carta quedarse... ¡Contro! ¡Mal ajo! Pero no, no creo que me denuncie... El cuento es que si me descubren y le preguntan si estoy aquí, contestará que sí, porque él no miente ni aun por salvar a una persona. ¡Vaya con la santidad! Si es cierto que hay infiernos con mucha lumbre y tizonazos, allá debían ir los que dicen verdades que a un pobre le cuestan la vida, o le zampan en la cárcel».

Por la tarde pasó un rato de horrible pavura oyendo la voz de la Chanfa junto a la ventana. Hablaba con otra mujer que, por el habla gargajosa y carraspeante, parecía la Camella. ¡Y la Camella era tan mala, tan amiga de meter en todo las narices, y llevar y traer cuentos! Después que picotearon bien, Estefanía llamó con los nudillos en el cristal; pero como el padre no estaba allí para responderle, se fueron las muy indinas. Otras personas, y algunos chicuelos de la vecindad, llamaron también en el curso del día, cosa muy natural y que no debía ser motivo de alarma, porque la pobretería de aquellos lugares visitaba con frecuencia al que era amigo y consuelo de los pobres. Al anochecer, ya no podía la mujerzuela con su congoja y susto, y anhelaba que volviese el clérigo, para saber si podía contar o no con el sigilo en aquella oscura reclusión. Los minutos se le hicieron horas; al fin, cuando le vio entrar, ya cerca de anochecido, a punto estuvo de reñirle por su tardanza, y si no lo hizo fue porque el gozo de verle le quitó el enfado.

—Yo no tengo que darte a ti cuenta de dónde voy ni de dónde vengo, ni en qué empleo mis horas —le dijo Nazarín, contestando a las primeras preguntas impertinentes y oficiosas de la que bien podía llamarse su protegida—. ¿Y qué tal? ¿Vamos bien? ¿Te duele menos la herida? ¿Vas tomando fuerzas?

—Sí, hombre, sí... Pero el canguelo no me deja vivir... A cada instante me parece que entran para cogerme y llevarme a la cárcel. ¿Estaré segura? Dígamelo con verdad, a lo hombre, más que a lo santo.

—Ya sabes —repuso el sacerdote, desembarazándose del manteo y la teja—, yo no te denuncio... Procura tú no hacer aquí nada por donde te descubran..., y chitón, que anda gente por el corredor.

En efecto, llamó otra vez Estefanía, y abierta la ventana por Nazarín, hablaron un ratito.

—Vaya que está hoy mi beato muy paseante en Corte —decía la amazona—. ¿Qué pasa? ¿Ha ido a bailarle el agua al obispo, como le aconsejé? Como no adule, no le darán nada. ¿Y qué? ¿Hubo misa hoy? Bueno. Así, aplicarse, ir a las parroquias con cara de poca vergüenza, darse pisto... Verá cómo caen misas. Oiga, padrito, yo siento..., me parece que sale por esta ventana un olor..., así como de esa perfumería condenada que gastan las mujeronas... ¿Pero usted no huele? ¡Si es un tufo que tira para atrás!... Claro, no es novedad. Como entran a verle a usted personas de todas castas, y usted no distingue, ni sabe a quién socorre...

—Eso será —replicó Nazarín sin inmutarse—. Entra aquí mucha y diversa gente. Unos huelen y otros no.

—Y también me da olor a vinazo... ¿Se nos estará su reverencia echando a perder?... Porque el de la misa no será.