—Lo del otro olor —dijo el clérigo con suprema sinceridad—, no lo niego. Aroma o pestilencia, ello es que existe en mi casa. Yo lo siento, y lo sentirá todo el que tenga olfato. Pero olor a vino no lo noto, francamente, no noto nada, y esto no es decir que no lo haya habido en casa hoy... Pudo haberlo; mas no huele, señora, no huele.

—Pues yo digo que trasciende... Pero no hay que disputar, porque no tendrán la misma trascendencia sus narices y las mías.

Ofreciole después comida la señora Chanfa, y él rehusó, limitándose a recibir, tras repetidas instancias, un bollo de canela, y dos chorizos de Salamanca. Con esto se acabó la conversación, y el horroroso susto de la reclusa.

—Ya me barrunté yo —decía inconsolable, al sentir que se alejaba la amazona— que esta perfumación indecente de mi ropa me iba a denunciar. La quemaría toda, si pudiera salir de aquí en camisa. Lo que menos pensaba yo echándome esos olores, era que me habían de traer tal perjuicio. Y es buena esencia, ¿verdad, padrito? ¿No le gusta a usted olerla?

—A mí no. Solo me agrada el olor de las flores.

—A mí también. Pero van caras, y no puede una tenerlas más que de vista, en los jardines. Pues, hace tiempo, tenía yo un amigo que me llevaba muchas flores, de las mejores; solo que estaban algo sucias.

—¿De qué?

—De la porquería de las calles. Este amigo mío era barrendero, de los que recogen las basuras todas las mañanas. Y a veces, por Carnaval o en tiempo de baile, barría en la puerta de los teatros y casas grandes, y con la escoba recogía muchas camellas.

—Camelias, se dice.

—Camelias, y hasta rosas. Lo ponía todo en un papel con mucho cuidadito, y me lo llevaba.