Contestole Nazarín, sobre esto del alma, en la forma más elemental y comprensible para tan ruda inteligencia, y siguieron departiendo en voz baja, a prima noche, después de cenar algo, sin cuidarse de la vecindad que, por fortuna, de ellos tampoco se cuidaba. Ándara, por causa sin duda de la forzada quietud que le excitaba la imaginación, todo quería saberlo, demostrando una curiosidad hasta cierto punto científica, que el buen eclesiástico satisfacía en unos casos y en otros. Anhelaba saber cómo es esto de nacer una, y cómo salen los pollos de un huevo igualitos al gallo y a la gallina..., en qué consiste que el número trece es muy malo, y por qué causa trae buena sombra el recoger una herradura en mitad de un camino... Cosa inexplicable era para ella la salida del sol todos los días, y que las horas fueran siempre iguales, y el tamaño de los días de un año, en cada estación, igual a los días de los otros años... ¿Dónde se metían los ángeles de la guardia cuando una es niña, y qué razón hay para que las golondrinas se larguen en invierno y vuelvan en verano, y acierten con el mismo nido?... También es muy raro que el número dos traiga siempre buena suerte, y que la traiga mala el tener dos velas encendidas en las habitaciones... ¿Por qué tienen tanto talento los ratones, siendo tan chicos, y a un toro, que es tan grande, se le engaña con un pedazo de trapo?... Y las pulgas y otros bichos pequeños, ¿tienen su alma a su modo?... ¿Por qué la luna crece y mengua, y qué razón hay para que cuando una va por la calle y encuentra a una persona parecida a otra, al poco rato encuentre a la otra?... También es cosa muy rara que el corazón le diga a una lo que va a pasar, y que cuando las mujeres embarazadas tienen antojo de una cosa, verbigracia, de berenjenas, salga luego el crío con una berenjena en la nariz. Tampoco entendía ella por qué las almas del purgatorio salen cuando se les da a los curas unas perras para responsos, y por qué el jabón quita la porquería, y por qué el martes es día tan malo que no se puede hacer nada en él.
Fácilmente contestaba Nazarín a no pocas de sus dudas, pero otras no se las podía satisfacer, y las proposiciones que pertenecían al orden de la superstición estúpida, se las negaba rotundamente, exhortándole a echar de su mente ideas tan desatinadas. Con esto pasaron la velada, y una noche tranquila y sin ningún accidente permitió a la enferma reparar sus fuerzas. De este modo transcurrieron tres días, cuatro; Ándara restableciéndose rápidamente de sus heridas y cobrando fuerzas, el buen don Nazario saliendo todas las mañanas a decir su misita, y regresando tarde a casa, sin que ningún suceso alterase esta monotonía, ni se descubriera el escondite de la mala mujer. Aunque esta se creía segura, no se descuidaba en sus minuciosas precauciones para que no llegara al exterior de la casa rumor ni indicio alguno de su presencia. A los tres días, abandonó el ocioso jergón; mas no se atrevía a salir de la alcoba, y como sintiera voces, contenía temblando la respiración. Pero no quiso la voluble suerte favorecerla más tiempo, y al quinto día fueron inútiles ya todas las cautelas, y la infame se vio en peligro inminente de caer en poder de la justicia.
Al anochecer, se llegó la Estefanía a la ventana, y llamando al padrito, que acababa de entrar, le dijo:
—Eh, so babieca, que ya no valen pamplinas, que ya se sabe todo, y quién es la mala rata que esconde usted en su madriguera. Ábrame la puerta por allá, que quiero entrar y hablarle, sin que se enteren los vecinos.
IV
Ándara, que tal oyera, se quedó más blanca que la pared, lo cual en verdad no era extremada blancura, y ya se consideró en la Galera, con grillos en los pies y esposas en las manos. Daba diente con diente cuando sintió entrar a la Chanfaina, que se metió de rondón en la alcoba diciendo:
—Se acabaron las pamemas. Mira, tú, trasto, desde el primer día entendí que estabas aquí. Te saqué por el olor. Pero no quise decir nada, no por ti, sino por no comprometer al padrico, que se mete en estos fregados con buena intención y toda su sosería de ángel. Y ahora, sepan los dos que si no hacen lo que voy a decirles, están perdidos.
—¿Se murió la Tiñosa? —le preguntó Ándara, aguijoneada por la curiosidad, más poderosa en aquel instante que el miedo.
—No se ha muerto. En el espital la tienes de interfezta, y según dicen, no comerá la tierra por esta vez. Pues si se muriera, tú no te escapabas de ponerte el corbatín. Conque... ya sales de aquí espirando. Vete a donde quieras, que de esta noche no pasa que venga aquí el excelentísimo Juzgado.
—¿Pero quién...?