—¡Ay qué tonta! ¡La Camella tiene un olfato...! La otra noche vino a esta ventana, y pegaba las narices al quicio como los perros ratoneros cuando rastrean el ratón. Golía, golía, y sus resoplidos se oían desde el portal. Pues ella y otras te han descubierto, y ya no hay escape. Lárgate pronto de aquí, y escóndete donde puedas.

—Ahora mismo —dijo Ándara, envolviéndose en su mantón.

—No, no —agregó la Chanfa, quitándoselo—. Voy a darte uno mío, el más viejo, para que te disfraces mejor. Y también te daré una bata vieja. Aquí dejas toda la ropa manchada de sangre, que yo la esconderé... Y que coste que esto no lo hago por ti, feróstica, sino por el padruco, que está en el compromiso de que le tengan o no le tengan por un peine como tú. Que la justicia es muy perra, y en todo ha de meter el hocico. Ahora, este serófico tiene que hacer lo que yo le diga, si no, le empapelan también, y que vengan los angelitos a librarle de ir a la cárcel.

—¿Qué tengo yo que hacer?, sepámoslo —preguntó el sacerdote, que si al principio parecía sereno, luego se le vio un tanto pensativo.

—Pues usted negar, negar y negar siempre. Esta pájara se va de aquí, y se esconde donde puede. Se quita todo, solutamente todo el rastro de ella: yo limpiaré la salita, lavaré los baldosines, y usted, señor Nazarillo de mis pecados, cuando vengan los de la justicia, dice a todo que no, y que aquí no ha estado ella, y que es mentira. Y que lo prueben, ¡contro!, que lo prueben.

El curita callaba; mas la diabólica Ándara apoyó con calor las enérgicas razones de Estefanía.

—Es una gaita —prosiguió esta— que no se pueda quitar el condenado olor... ¿Pero cómo lo quitamos...? ¡Ah, mala sangre, hija de la gran loba, pelleja maldita! ¿Por qué en vez de traerte acá este pachulí que trasciende a demonios, no te trajiste toda la perfumería de los estercoleros de Madrid, grandísima puerca?

Acordada la najencia de Ándara, la hombruna patrona, que era toda actividad en los momentos de apuro, trajo sin tardanza las ropas que la criminal debía ponerse en sustitución de las ensangrentadas, para favorecer con algún disfraz su escapatoria en busca de mejor escondite.

—¿Vendrán pronto? —preguntó a la Chanfa, con resolución de acelerar su partida.

—Aún tenemos tiempo de arreglar esto —replicó la otra—, porque ahora van con la denuncia, y lo menos hasta las diez o diez y media no llegarán aquí los caifases. Me lo ha dicho Blas Portela, que está al tanto de todos estos líos de justicia, y sabe cuándo les pica una pulga a los señores de las Salesas. Tenemos tiempo de lavar y de quitar hasta el último rastro de esta sinvergonzona... Y usted, señor san Cándido, ahora no sirve aquí más que de estorbo. Váyase a dar un paseo.