—Inocentes, ¿qué decís? ¿Teja? ¿Para qué quiero yo tejas ni tejados? —replicó el clérigo con energía—. Guardaos la prenda para quien la quiera, o usadla para algún espantajo, si tenéis allí, como parece, sembrado de hortaliza, guisantes, o cosa que queráis defender de los pajarillos..., y basta. Muchas gracias. A más ver... ¡Ah!, y lo de lavarme la ropa, se estima —esto lo decía ya retirándose—; pero no tengo ropa que lavar, a Dios gracias..., pues la muda que me quité cuando me dieron la que llevo puesta..., ¿te enteras?, la lavé yo mismo en un charco del patio, y créete que quedó que ni pintada. Yo mismo la tendí de unas sogas, pues allí de todo se carece menos de sogas... Conque..., adiós...

Y de vuelta a su casa, empleó todo el día en el ejercicio de andar descalzo, que a la quinta o sexta lección le daba ya desembarazo y alegría. Por la noche, cenando unas acelgas fritas y un poco de pan y queso, habló con sus buenos amigos y protectores de la imposibilidad de pagar su cuenta, como no le designaran alguna ocupación u oficio en que pudiera ganar algo, aunque fuese de los más bajos y miserables. Escandalizose el Peludo de oírle tal despropósito.

—¡Un señor eclesiástico! ¡Dios nos libre!... ¡Qué diría la sociedaz, qué el santo cleriguicio!...

La señora Peluda no tomó por lo sentimental los planes de su huésped, y como mujer práctica, manifestó que el trabajo no deshonra a nadie, pues el mismo Dios trabajó para fabricar el mundo, y que ella sabía que en la Estación de las Pulgas daban cinco reales a todo el que fuera al acarreo de carbón. Si el curita manso quería ahorcar los hábitos para ganarse honradamente una santa peseta, ella le procuraría una casa donde pagaban con largueza el lavado de tripas de carnero. Uno y otro, plenamente convencidos ya de la miseria que abrumaba al desdichado sacerdote, y viendo en él un alma de Dios incapaz de ganarse el sustento, dijéronle que no se afanase por el pago de la corta deuda, pues ellos, como gente muy cristiana y con su poquito de santidad en el cuerpo, le hacían donación del comestible devengado. Donde comían dos, comían tres, y gatos y perros había en la vecindad que hacían más consumo que el padre Nazarín... Lo cual que no debía tener recelo por quedar a deberles tal porquería, pues todo se perdonaba, por amor de Dios, o por aquello de no saber nunca a la que estamos, y que el que hoy da, mañana tiene que pedirlo.

Manifestoles su agradecimiento don Nazario, añadiendo que aquella era la última noche que tendrían en la casa el estorbo de su inútil persona, a lo que contestaron ambos disuadiéndole de salir a correr aventuras, él con verdadera sinceridad y calor, ella con medias palabras, sin duda porque deseaba verle marchar con viento fresco.

—No, no. Es resolución muy pensada, y no podrán ustedes, con toda su bondad, que tanto estimo, disuadirme de ella —les dijo el clérigo—. Y ahora, amigo Peludo, ¿tiene usted un capote viejo, inservible, y quiere dármelo?

—¿Un capote...?

—Esa prenda que no es más que un gran pedazo de tela gorda, con un agujero en el centro, por donde se mete la cabeza.

—¿Una manta? Sí que la tengo.

—Pues si no la necesita, le agradeceré que me la ceda. Por cierto que no creo exista prenda más cómoda, ni que al propio tiempo dé más abrigo y desembarazo... ¿Y tiene una gorra de pelo?