—Monteras nuevas verá en la tienda.
—No, la quiero vieja.
—También las hay usadas, hombre —indicó la Peluda—. Acuérdate: la que puesta traías cuando viniste de tu tierra, a casarte conmigo. Pues de ello no hace más que cuarenta y cinco años.
—Esa montera quiero yo, la vieja.
—Pues será para usted... Pero le vendrá mejor estotra de pelo de conejo que yo usaba cuando iba de zaguero a Trujillo...
—Venga.
—¿Quiere usted una faja?
—También me sirve.
—¿Y este chalequito de Bayona, que se podría poner en un escaparate si no tuviera los codos agujerados?
—Es mío.