—Que sea con salud... ¿Y usted a mí no me conoce? Yo soy aquel...

—Sí, aquel... Pero no caigo...

—Que le habló no hace muchos días más abajo..., y le brindó..., con respeto, un sombrero de teja.

—¡Ah!, sí..., teja, que yo rehusé.

—Pues aquí estamos para servirle. ¿Quiere su reverencia ver a la Ándara?

—No señor... Dile de mi parte que sea buena, o que haga todo lo posible por serlo.

—Mírela... ¿Ve usted aquellas tres mujeres que están allí, al otro lado de la carretera propiamente, cogiendo cardillo y verdolaga? Pues la de la enagua colorada es Ándara.

—Por muchos años. Ea, quédate con Dios... ¡Ah!, un momento: ¿tendrías la bondad de indicarme algún atajo por donde yo pudiera pasar de este camino al de más allá, al que parte del puente de Segovia, y va a tierra de Trujillo?...

—Pues por aquí, siguiendo por estas tapias, va usted derechito... Tira por junto al Campamento, y adelante, adelante..., la vereda no le engaña..., hasta que llega propiamente a las casas de Brugadas. Allí cruza la carretera de Extremadura.

—Muchas gracias, y adiós.