Echó a andar, seguido del perro, que por lo visto se ajustaba con él para toda la jornada, y no había recorrido cien metros cuando sintió tras de sí voces de mujer que con apremio le llamaban:
—¡Señor Nazarín, don Nazario...!
Parose y vio que hacia él corría desalada una falda roja, un cuerpo endeble, del cual salían dos brazos que se agitaban como aspas de molino.
—¿Apostamos a que esta que corre es la dichosa Ándara? —se dijo deteniéndose.
En efecto, ella era, y trabajillo le costara al caminante reconocerla, si no supiese que andaba por aquellos campos. Al pronto, se habría podido creer que un espantajo de los que se arman con palitroques y ropas viejas para guardar de los gorriones un sembrado, había tomado vida milagrosamente y corría y hablaba, pues la semejanza de la moza con uno de estos aparatos campestres era completa. El tiempo, que las cosas más sólidas destruye, había ido descostrando y arrancando de su rostro la capa calcárea de colorete, dejando al descubierto la piel erisipelatosa, arrugada en unas partes, en otras tumefacta. Uno de los ojos había llegado a ser mayor que el otro, y entrambos feos, aunque no tanto como la boca, de labios hemorroidales, mostrando gran parte de las rojas encías, y una dentadura desigual, descabalada, y con muchas piezas carcomidas. No tenía el cuerpo ninguna redondez, ni trazas de cosa magra, todo ángulos, atadijo de osamenta... ¡y qué manos negras, qué pies mal calzados de sucias alpargatas! Pero lo que más asombro causó a Nazarín fue que la mujercilla, al llegarse a él, parecía vergonzosa, con cierta cortedad infantil, que era lo más extraordinario y nuevo de su transformación. Si el descubrimiento de la vergüenza en aquella cara sorprendió al clérigo andante, no le causó menos asombro el notar que Ándara no mostraba ninguna extrañeza de verle en facha de mendigo. La transformación de él no la sorprendía, como si ya la hubiese previsto o por natural la tuviera.
—Señor —le dijo la criminal—, no quería que usted pasara sin hablar conmigo..., sin hablar yo con él. Sepa que estoy allí desde el día del fuego, y que nadie me ha visto, ni tengo miedo a la justicia.
—Bueno, Dios sea contigo. ¿Que quieres de mí ahora?
—Nada más que decirle que la Canóniga es mi prima, y por eso me vine a esconder ahí, donde me han tratado como a una princesa. Les ayudo en todo, y no quiero volver a ese apestoso Madrid, que es la perdición de la gente honrada. Conque...
—Buenos días... Adiós.
—Espérese un poquito. ¿Qué prisa lleva? Y dígame: ¿se han metido con usted los caifases del juzgado? ¡Valientes ladrones! Me da el corazón que algo le han hecho, y que la Camella, que es muy pendanga, habrá llevado la mar de cuentos a las Salesas.