—Nada me importan a mi ya Camellas, ni caifases, ni nada. Déjalo... Y que lo pases bien.
—Aguarde...
—No puedo detenerme, tengo prisa. Lo único que te digo, Ándara corrompida, es que no olvides las advertencias que te hice en mi casa; que te enmiendes...
—¡Más enmendada que estoy...! Yo le juro que aunque volviera a ser guapa, o tan siquiera pasable, que no me caerá esa breva, no me cogía otra vez el demonio. Ahora, como me tiene miedo, de puro asquerosa que estoy, no se llega a mí el indino. Lo cual que, si no se enfada, le diré una cosa.
—¿Qué?
—Que yo quiero irme con usted... a donde quiera que vaya.
—No puede ser, hija mía. Pasarías muchos trabajos, sufrirías hambre, sed...
—No me importa. Déjeme que le acompañe.
—Tú no eres buena. Tu enmienda es engañosa; es un reflejo no más del despecho que te causa tu falta de atractivos personales; pero en tu corazón sigues dañada, y en una u otra forma llevas el mal dentro de ti.
—¿A que no?