—Yo te conozco... Tú pegaste fuego a la casa en que te di asilo.
—Es verdad, y no me pesa. ¿No querían descubrirme, y perderle a usted por el olor? Pues el aire malo con fuego se limpia.
—Eso te digo yo a ti, que te limpies con fuego.
—¿Qué fuego?
—El amor de Dios.
—Pues diéndome con usted..., se me pegarán esas llamas.
—No me fío... Eres mala, mala. Quédate sola. La soledad es una gran maestra para el alma. Yo la voy buscando. Piensa en Dios, ofrécele tu corazón, acuérdate de tus pecados, y pásales revista para abominar de ellos, y tomarlos en horror.
—Pues déjeme ir...
—Que no. Si eres buena, algún día me encontrarás.
—¿Dónde?