Antes de internarnos, diome el reporter noticias preciosas, que en vez de satisfacer mi curiosidad, excitáronla más. La señora Chanfaina aposentaba en otros tiempos gentes de mejor pelo, estudiantes de Veterinaria, trajineros tan brutos como buenos pagadores; pero como el movimiento se iba de aquel barrio en derechura de la Plaza de la Cebada, la calidad de sus inquilinos desmerecía visiblemente. A unos les tenía por el pago exclusivo de la llamada habitación, comiendo por cuenta de ellos, a otros les alojaba y mantenía. En la cocina del piso alto, cada cual se arreglaba con sus pucheros, a excepción de los gitanos, que hacían sus guisotes en el patio, sobre trébedes de piedras o ladrillos. Subimos al fin, deseando ver todos los escondrijos de la extraña mansión, guarida de una tan fecunda y lastimosa parte de la humanidad, y en un cuartucho, cuyo piso de rotos baldosines imitaba en las subidas y bajadas a las olas de un proceloso mar, vimos a Estefanía, en chancletas, lavándose las manazas, que después se enjugó en su delantal de arpillera; la panza voluminosa, los brazos hercúleos, el seno emulando en proporciones a la barriga y cargando sobre ella, por no avenirse con apreturas de corsé, el cuello ancho, carnoso y con un morrillo como el de un toro, la cara encendida, y con restos bien marcados de una belleza de brocha gorda, abultada, barroca, llamativa, como la de una ninfa de pintura de techos, dibujada para ser vista de lejos, y que se ve de cerca.
II
El cabello era gris, bien peinado con sinfín de garabatos, ondas y sortijillas. Lo demás de la persona anunciaba desaliño, y falta absoluta de coquetería y arreglo. Nos saludó con franca risa, y a las preguntas de mi amigo contestó que se hallaba muy harta de aquel trajín, y que el mejor día lo abandonaba todo, para meterse en las Hermanitas, o donde almas caritativas quisieran recogerla; que su negocio era una pura esclavitud, pues no hay cosa peor que bregar con gente pobre, mayormente si se tiene un natural compasivo, como el suyo. Porque ella, según nos dijo, nunca tuvo cara para pedir lo que se le debía, y así toda aquella gentualla estaba en su casa como en país conquistado; unos le pagaban, otros no, y alguno se marchaba quitándole plato, cuchara o pieza de ropa. Lo que hacía ella era gritar, eso sí, chillar mucho, por lo cual espantaba a la gente; pero las obras no correspondían al grito ni al gesto, pues si despotricando, era un suponer, no había garganta tan sonora como la suya, ni vocablos más tremebundos, luego se dejaba quitar el pan de la boca, y el más tonto la llevaba y la traía atada con una hebra de seda. Hizo, en fin, la descripción de su carácter con una sinceridad que parecía de ley, no fingida, y el último argumento que expuso fue que después de veintitantos años en aquel nidal de ratas, aposentando gente de todos pelos, no había podido guardar dos pesetas para contar con algún respiro en caso de enfermedad.
Esto decía, cuando entraron alborotando cuatro mujeres con careta, entendiéndose por ello no el antifaz de cartón o trapo, prenda de Carnaval, sino la mano de pintura que se habían dado aquellas indinas con blanquete, chapas de carmín en los carrillos, los labios como ensangrentados, y otros asquerosos afeites, falsos lunares, cejas ennegrecidas, y la caída de ojos también con algo de mano de gato, para poetizar la mirada. Despedían las tales de sus manos y ropas un perfume barato que daba el quien vive a nuestras narices, y por esto y por su lenguaje al punto comprendimos que nos hallábamos en medio de lo más abyecto y zarrapastroso de la especie humana. Al pronto, habría podido creerse que eran máscaras, y el colorete una forma extravagante de disfraz carnavalesco. Tal fue mi primera impresión; pero no tardé en conocer que la pintura era en ellas por todos estilos ordinaria, o que vivían siempre en Carnestolendas. Yo no sé qué demonios de enredo se traían, pues como las cuatro y Chanfa hablaban a un tiempo con voces desaforadas y ademanes ridículos, tan pronto furiosas como risueñas, no pudimos enterarnos. Pero ello era cosa de un papel de alfileres y de un hombre. ¿Qué había pasado con los alfileres? ¿Quién era el hombre?
Aburridos de aquel guirigay, salimos a un corredor que daba al patio, en el cual vi un cajón de tierra con yerba callera, ruda, claveles y otros vegetales casi agostados, y sobre el barandal, zaleas y felpudos puestos a secar. Nos paseábamos por allí, temerosos de que la desvencijada armazón que nos sustentaba se rindiese a nuestro peso, cuando vimos que se abría una ventana estrecha que al corredor daba, y en el marco de ella apareció una figura que al pronto me pareció de mujer. Era un hombre. La voz, más que el rostro, nos lo declaró. Sin reparar en los que a cierta distancia le mirábamos, empezó a llamar a la señá Chanfaina, quien no le hizo ningún caso en los primeros instantes, dándonos tiempo para que le examináramos a nuestro gusto mi compañero y yo.
Era de mediana edad, o más bien joven prematuramente envejecido, rostro enjuto tirando a escuálido, nariz aguileña, ojos negros, trigueño color, la barba rapada, el tipo semítico más perfecto que fuera de la Morería he visto, un castizo árabe sin barbas. Vestía traje negro que al pronto me pareció balandrán; mas luego vi que era sotana.
—¿Pero es cura este hombre? —pregunté a amigo, y la respuesta afirmativa me incitó a una observación más atenta.
Por cierto que la visita a la que llamaré casa de las Amazonas iba resultando de grande utilidad para un estudio etnográfico, por la diversidad de castas humanas que allí se reunían: los gitanos, los mieleros, las mujeronas, que sin duda venían de alguna ignorada rama jimiosa, y por último el árabe aquel de la hopalanda negra, eran la mayor confusión de tipos que yo había visto en mi vida. Y para colmo de confusión, el árabe... decía misa.
En breves palabras me explicó mi compañero que el clérigo semítico vivía en la parte de la casa que daba a la calle, mucho mejor que todo lo demás, aunque no buena, con escalera independiente por el portal, y sin más comunicación con los dominios de la señora Estefanía que aquella ventanucha en que asomado le vimos, y una puerta impracticable, porque estaba clavada. No pertenecía, pues, el sacerdote a la familia hospederil de la formidable amazona. Enterose al fin esta de que su vecino la llamaba, acudió allá, y oímos un diálogo que mi excelente memoria me permite transcribir sin perder una sílaba.
—Señá Chanfa, ¿sabe lo que me pasa?