—¡Ay, que nos coja confesados! ¿Qué más calamidades tiene que contarme?

—Pues me han robado. No queda duda de que me han robado. Lo sospeché esta mañana, porque sentí a la Siona revolviéndome los baúles. Salió a la compra, y a las diez, viendo que no volvía, sospeché más, digo que casi casi se fueron confirmando mis sospechas. Ahora que son las once, o así lo calculo, porque también se llevó mi reloj, acabo de comprender que el robo es un hecho, porque he registrado los baúles y me falta la ropa interior, toda, todita, y la exterior también, menos las prendas de eclesiástico. Pues del dinero, que estaba en el cajón de la cómoda, en esta bolsita de cuero, mírela, no me ha dejado ni una triste perra. Y lo peor..., esta es la más negra, señá Chanfa..., lo peor es que lo poco que había en la despensa voló, y de la cocina volaron el carbón y las astillas. De forma y manera, señora mía, que he tratado de hacer algo con que alimentarme, y no encuentro ni provisiones, ni un pedazo de pan duro, ni plato, ni escudilla. No ha dejado más que las tenazas y el fuelle, un colador, el cacillo, y dos o tres pucheros rotos. Ha sido una mudanza en toda regla, señá Chanfa, y aquí me tiene todavía en ayunas, con una debilidad muy grande, sin saber de dónde sacarlo y... Conque ya ve: a mí, con tal de tomar algún alimento para poder tenerme en pie, me basta. Lo demás nada me importa, bien lo sabe usted.

—¡Maldita sea la leche que mamó, padre Nazarín, y maldito sea el minuto pindongo en que dijeron: «un aquel de hombre ha nacido»! Porque otro de más mala sombra, otro más simple y saborío no creo que ande por el mundo como persona natural...

—Pero, hija, ¿qué quiere usted...? Yo...

—¡Yo, yo!... Usted tiene la culpa, y es el que mismamente se roba y se perjudica, ¡so candungas, alma de mieles, don ajo!

La retahíla de frases indecentes que siguió, la suprimimos por respeto a los que esto leyeren. Gesticulaba y vociferaba la fiera en la ventana, con medio cuerpo metido dentro de la estancia, y el clérigo árabe se paseaba tan tranquilo, cual si oyese piropos y finezas, un poquito triste, eso sí, pero sin parecer muy afectado por sus desdichas, ni por la rociada de denuestos con que su vecina le consolaba.

—Si no fuera porque me da cortedad de pegarle a un hombre, mayormente sacerdote, ahora mismo entraba, y le levantaba las faldas negras y le daba una mano de azotes... ¡so criatura, más inocente que los que todavía maman!... ¡Y ahora quiere que yo le llene el buche!... Y van tres, y van cuatro... Si es usted pájaro, váyase al campo a comer lo que encuentre, o pósese en la rama de un árbol, piando, hasta que le entren moscas... Y si está loco, es un suponer, que le lleven al manicómelo.

—Señora Chanfa —dijo el clérigo con serenidad pasmosa, acercándose a la ventana—, bien poco necesita este triste cuerpo para alimentarse: con un pedazo de pan, si no hay otra cosa, me basta. Se lo pido a usted porque la tengo por vecina. Pero si no quiere dármelo, a otra parte iré donde me lo den, que no hay tan pocas almas caritativas como usted cree.

—¡Váyase a la posada del Cuerno, o a la cocina del Nuncio arzopostólico, donde guisan para los sacrosantos gandules, verbigracia clérigos lambiones!... Y otra cosa, padre Nazarín: ¿está seguro de que fue la Siona quien le ha robado? Porque es usted el espíritu de la confianza y de la bobería, y en su casa entran Lepe y Lepijo; entran también hijas de malas madres, unas para contarle a usted sus pecados, es un suponer, otras para que las empeñe o desempeñe, y pedirle limosna, y volverle loco. No repara en quién entra a verle, y a todos y a todas les pone buena cara y les echa las bienaventuranzas. ¿Qué sucede? Que este le engaña, la otra se ríe, y entre todos le quitan hasta los pañales.

—Ha sido la Siona. No hay que echar la culpa a nadie más que a la Siona. Vaya con Dios, y que le valga de lo que le valiere, pues yo no he de perseguirla.