—¿Qué buscas aquí, loca? Repara que estás molestando a estos... señores.

—No, déjeme acabar. El maldito perro se puso a ladrar..., pero yo, tan calladita. Pues vine siguiéndole y le vi entrar aquí... No se enfade... Yo quería obedecerle y no venir; pero las piernas solas me han traído. Es cosa de sin pensarlo... Yo no sé lo que me pasa. Tengo que ir con su reverencia hasta el fin del mundo, o si no, que me entierren... Ea, duérmase otra vez, que yo me echo aquí entre esta hierba, para descansar, no para dormir, pues no tengo maldito sueño, ¡mal ajo!

—Vete de aquí, o cállate la boca —le dijo el buen clérigo, volviendo a poner su cabeza dolorida sobre la piedra—. ¡Qué dirán estos señores! ¿Oyes? Ya se quejan del ruido que haces.

En efecto, el de la pierna de palo, que era el más próximo, remuzgaba, y el perro volvió a llamar al orden a la importuna moza. Por fin reinó de nuevo un silencio que habría sido profundo si no lo turbaran los formidables ronquidos de la pareja mayor. Al alba se despertaron todos, incluso don Nazario, que se sorprendió de no ver a Ándara, por lo cual hubo de sospechar que había sido sueño su aparición en mitad de la noche. Charlaron un poco los tres mendigos de plantilla y el aspirante, y pintura tan lastimosa hicieron los ancianos de lo mal que aquel año les iba, que Nazarín tuvo gran lástima, y les cedió todo su capital, o sea la perra chica que le habían fiado los arrieros. A poco de esto entró Ándara en el solar, dándolo explicaciones de su ausencia repentina poco antes de que él despertara. Y fue que como ella no podía dormir en cama tan dura, se despabiló antes de ser de día, y saliéndose a la carretera para reconocer el sitio en que se encontraba, vio que este no era otro que la gran villa de Móstoles, que conocía muy bien por haber ido a ella varias veces desde su pueblo. Añadió que si don Nazario le daba licencia, averiguaría si aún moraban allí dos hermanas, amigas suyas, llamadas la Beatriz y la Fabiana, una de las cuales tuvo trato en Madrid con un matarife, y luego casaron, y él puso taberna en aquel pueblo. No llevó a mal el sacerdote que buscara y reconociera sus amistades, aunque para ello tuviese que ir al fin del mundo y no volver, pues no quería llevar tal mujer consigo. Y una hora después, hallándose el peregrino de palique con un cabrero que le obsequió rumbosamente con sopas de leche, vio venir a su satélite muy afligida, y velis nolis, tuvo que escuchar historias que al pronto no despertaban ningún interés. El matarife tabernero se había muerto de resultas de la cogida de un novillo en las fiestas de Móstoles, dejando a su esposa en la miseria, con una niña de tres años. Vivían las dos hermanas en un bodegón ruinoso, próximo a una cuadra, tan faltas de recursos las pobres, que ya se habrían ido a Madrid a buscarse la vida (cosa no difícil aún para Beatriz, joven y de buena estampa), si no tuvieran a la niña muy malita, con un tabardillo perjuicioso, que seguramente, antes de veinticuatro horas, la mandaría para el cielo.

—¡Ángel de Dios! —exclamó el asceta cruzando las manos—. ¡Desdichada madre!

—Y yo —prosiguió la correntona—, en cuanto vi aquella miseria que traspasa, y a la madre llorando, y a Beatriz moqueando, y a la niña con la defunción pintada en la cara..., pues me entró una pena..., y luego me dio la corazonada gorda, aquella que es como si la entraña me pegara cuatro gritos, ¿sabe?... ¡Ah!, esta no me falla... Pues me alegré al sentirla, y dije para entre mí: «Voy a contárselo al padre Nazarín, a ver si quiere ir, y ve a la niña y la cura».

—¡Mujer! ¿Qué dices? ¿Soy yo médico?

—Médico no..., pero es otra cosa que vale más que toda la mediquería. Si usted quiere, don Nazario, la niña sanará.

III

—Iré —dijo el árabe manchego, después de oír por tercera vez la súplica de Ándara—, iré, pero solamente por dar a esas pobres mujeres un consuelo de palabras piadosas... Mis facultades no alcanzan a más. La compasión, hija mía, el amor de Cristo y del prójimo no son medicina para el cuerpo. Vamos, sí, enséñame el camino; pero no a curar a la niña, que eso la ciencia puede hacerlo, y si el caso es desesperado, Dios Omnipotente.