—¿A mí me viene usted con esas incumbencias? —replicó la moza con el desgarro que usar solía en su prisión de la calle de las Amazonas—. No se haga su reverencia el chiquito conmigo; que a mí me consta que es santo. Vaya, vaya. ¡A mí con esas...! ¿Y qué trabajo le ha de costar hacer un milagro, si quiere?
—No blasfemes, ignorante, mala cristiana. ¡Milagros yo!
—Pues si usted no los hace, ¿quién?
—¡Yo..., insensata, yo milagros, el último de los siervos de Dios! ¿De dónde sacas que a mí, que nada soy, que nada valgo, pudo concederme Su Divina Majestad el don maravilloso que solo gozaron en la tierra algunos, muy pocos elegidos, ángeles más que hombres? Desdichada, quítate de mi presencia, que tus simplezas, no hijas de la fe sino de una credulidad supersticiosa, me enfadan más que de lo que yo quisiera.
Y en efecto, tan enojado parecía, que hasta llegó a levantar el palo con ademán de pegarle, hecho muy raro en él y que solo ocurría en extraordinarios casos.
—¿Por quién me tomas, alma llena de errores, mente viciada, naturaleza insana en cuerpo y espíritu? ¿Soy acaso un impostor? ¿Trato de embaucar a la gente?... Entra en razón, y no me hables más de milagros, porque creeré, o que te burlas de mí, o que tu ignorancia y desconocimiento de las leyes de Dios son hoy tan grandes como lo fue tu perversidad.
No se dio Ándara por convencida, atribuyendo a modestia las palabras de su protector; pero, sin volver a mentar el milagro, insistió en llevarlo a ver a sus amigas y a la niña moribunda.
—Eso sí..., visitar a esa pobre gente, consolarla, y pedir al Señor que las conforte en su tribulación, lo haré..., ya lo creo. Es mi mayor gusto. Vamos allá.
Ni cinco minutos tardaron en llegar; con tanta prisa le llevó la tarasca por callejuelas fangosas y llenas de ortigas y guijarros. En un bodegón mísero, con suelo de tierra, paredes agrietadas que más bien parecían celosías por donde se filtraban el aire y la luz, el techo casi invisible de tanta telaraña, y por todas partes barricas vacías, tinajas rotas, objetos informes, vio Nazarín a la triste familia, dos mujeres arrebujadas en sus mantones, con los ojos enrojecidos por el llanto y el insomnio, escalofriadas, trémulas. La Fabiana ceñía su frente con un pañuelo muy apretado, al nivel de las cejas: era morena, avejentada, de carnes enjutas, y vestía miserablemente. La Beatriz, bastante más joven, si bien había cumplido los veintisiete, llevaba el pañuelo a lo chulesco, puesto con gracia, y su ropa, aunque pobre, revelaba hábitos de presunción. Su rostro, sin ser bello, agradaba; era bien proporcionada de formas, alta, esbelta, casi arrogante, de cabello negro, blanca tez y ojos garzos, rodeados de una intensa oscuridad rojiza. En las orejas lucía pendientes de filigrana, y en las manos, más de ciudad que de pueblo, bien cuidadas, sortijas de poco o ningún valor.
En el fondo de la estancia habían tendido una cuerda, de la cual pendía una cortina, como telón de teatro. Detrás estaba la alcoba, y en ella la cama o más bien cuna de la niña enferma. Las dos mujeres recibieron al ermitaño andante con muestras de grandísimo respeto, sin duda por lo que de él les había contado Ándara; hiciéronle sentar en un banquillo, y le sirvieron una taza de leche de cabras con pan, que él tomó por no desairarlas, partiendo la ración con la mujerona de Madrid, que gozaba de un mediano apetito. Dos vecinas ancianas se colaron, por refistolear, y acurrucadas en el suelo, contemplaban con más curiosidad que asombro al buen Nazarín.