Hablaron todos de la enfermedad de la pequeñuela, que desde el principio se presentó con mucha gravedad. El día en que cayó mala, su madre tuvo el barrunto desde el amanecer, porque al abrir la puerta vio dos cuervos volando, y tres urracas posadas en un palo frente a la casa. Ya le hizo aquello malas tripas. Después salió al campo, y vio al chotacabras dando brinquitos delante de ella. Todo esto era de muy mala sombra. Al volver a casa, la niña con un calenturón que se abrasaba.
Habiéndoles preguntado don Nazario si la visitaba el médico, contestaron que sí. Don Sandalio, el titular del pueblo, había venido tres veces, y la última dijo que solo Dios, con un milagro, podía salvar a la nena. Trajeron también a una saludadora, que hacía grandes curas. Púsole un emplasto de rabos de salamanquesas, cogidas a las doce en punto de la noche... Con esto parecía que la criaturita entraba en reacción; pero la esperanza que cobraron duró bien poco. La saludadora, muy desconsolada, les había dicho que el no hacer efecto los rabos de salamanquesa, consistía en que era el menguante de la luna. Siendo creciente, cosa segura, segurísima.
Con severidad y casi casi con enojo, las reprendió Nazarín por su estúpida confianza en tales paparruchas, exhortándolas a no creer más que en la ciencia, y en Dios por encima de la ciencia y de todas las cosas. Hicieron ellas ardorosas demostraciones de acatamiento al buen sacerdote, y llorando y poniéndose de hinojos, le suplicaron que viese a la niña, y la curara.
—¿Pero, hijas mías, cómo pretendéis que yo la cure? No seáis locas. El cariño maternal os ciega. Yo no sé curar. Si Dios quiere quitaros a la niña, Él se sabrá lo que hace. Resignaos. Y si decide conservárosla, ya lo hará con solo que se lo pidáis vosotras, aunque no está de más que yo también se lo pida.
Tanto lo instaron a que la viera, que Nazarín pasó tras la cortinilla. Sentose junto al lecho de la criatura, y largo rato la observó en silencio. Tenía Carmencita el rostro cadavérico, los labios casi negros, los ojos hundidos, ardiente la piel, y todo su cuerpo desmayado, inerte, presagiando ya la inmovilidad del sepulcro. Las dos mujeres, madre y tía, se echaron a llorar otra vez como Magdalenas, y las vecinas que allí entraron hicieron lo propio, y en medio de aquel coro de femenil angustia, Fabiana dijo al sacerdote:
—Pues si Dios quiere hacer un milagro, ¿qué mejor ocasión? Sabemos que usted, padre, es de pasta de ángeles divinos, y que se ha puesto ese traje y anda descalzo y pide limosna por parecerse más a Nuestro Señor Jesucristo, que también iba descalzo, y no comía más que lo que le daban. Pues yo digo que estos tiempos son como los otros, y lo que el Señor hacía entonces, ¿por qué no lo hace ahora? Total, que si usted quiere salvarnos a la niña, nos la salvará, como este es día. Yo así lo creo, y en sus manos pongo mi suerte, bendito señor.
Apartando sus manos para que no se las besaran, Nazarín con reposado y firme acento les dijo:
—Señoras mías, yo soy un triste pecador como vosotras, yo no soy perfecto, ni a cien mil leguas de la perfección estoy, y si me ven en este humilde traje, es por gusto de la pobreza, porque creo servir a Dios de este modo, y todo ello sin jactancia, sin creer que por andar descalzo valgo más que los que llevan medias y botas, ni figurarme que por ser pobre, pobrísimo, soy mejor que los que atesoran riquezas. Yo no sé curar; yo no sé hacer milagros, ni jamás me ha pasado por la cabeza la idea de que, por mediación mía, los haga el Señor, único que sabe alterar, cuando le plazca, las leyes que ha dado a la naturaleza.
—¡Sí puede, sí puede, sí puede! —clamaron a una todas las mujeres, viejas y jóvenes, que presentes estaban.
—¡Que no puedo digo..., y conseguiréis que me enfade, vamos! No esperéis nunca que yo me presente ante el mundo revestido de atribuciones que no tengo, ni que usurpe un papel superior al oscuro y humilde que me corresponde. Yo no soy nadie, yo no soy santo, ni siquiera bueno...