—Que sí lo es, que sí lo es.

—Ea, no me contradigáis, porque me marcharé de vuestra casa... Ofendéis gravemente a nuestro Señor Jesucristo suponiendo que este pobre siervo suyo es capaz de igualarse, no digo a Él, que esto sería delirio, pero ni tan siquiera a los varones escogidos a quienes dio facultades de hacer maravillas para edificación de gentiles. No, no, hijas mías. Yo estimo vuestra simplicidad; pero no quiero fomentar en vuestras almas esperanzas que la realidad desvanecería. Si Dios tiene dispuesto que muera la niña, es porque la muerte le conviene, como os conviene a vosotros el consiguiente dolor. Aceptad con ánimo sereno la voluntad celestial, lo cual no quita que roguéis con fe y amor, que oréis, que pidáis fervorosamente al Señor y a su Santísima Madre la salud de esta criatura. Y por mi parte, ¿sabéis lo único que puedo hacer?

—¿Qué, señor, qué?... Pues hágalo pronto.

—Eso mismo; pedir a Dios que devuelva su ser sano y hermoso a esta inocente niña, y ofrecerle mi salud, mi vida en la forma que quiera tomarlas; que a cambio del favor que de Él impetramos, me dé a mi todas las calamidades, todos los reveses, todos los achaques y dolores que pueden afligir a la humanidad sobre la tierra..., que descargue sobre mí la miseria en su más horrible forma, la ceguera tristísima, la asquerosa lepra..., todo, todo sea para mí, a cambio de que devuelva la vida a este tierno y cándido ser, y os conceda a vosotras el premio de vuestros afanes.

Dijo esto con tan ardoroso entusiasmo y convicción tan honda y firme, fielmente traducidos por la palabra, que las mujeres prorrumpieron en gritos, acometidas súbitamente de una exaltación insana. El entusiasmo del sacerdote se les comunicó como chispa que cae en montón de pólvora, y allí fue el llorar sin tasa, y el cruzar de manos convulsivamente, confundiendo los alaridos de la súplica con los espasmos del dolor. El peregrino, en tanto, silencioso y grave, puso su mano sobre la frente de la niña, como para apreciar el grado de calor que la consumía, y dejó transcurrir en esta postura buen espacio de tiempo, sin parar mientes en las exclamaciones de las desoladas mujeres. Despidiose de ellas poco después, con promesa de volver, y preguntando hacia dónde caía la iglesia del pueblo, Ándara se ofreció a enseñarle, y fueron, y allá se estuvo todo el santo día. La tarasca no entró en la iglesia.

IV

Al anochecer, cuando salió del templo, las primeras personas con que tropezó don Nazario fueron Ándara y Beatriz, que iban a encontrarle.

—La niña no está peor —le dijeron—. Aun parece que está algo despejadita... Abrió los ojos un rato, y nos miraba... Veremos qué tal pasa la noche.

Añadieron que le habían preparado una modesta cena, la cual aceptó por no parecer huraño y desagradecido. Reunidos todos en el bodegón, la Fabiana parecía un poquito más animada, por haber notado en la niña, hacia el mediodía, algún despejo; pero a la tarde había vuelto el recargo. Ordenole Nazarín que siguiese dándole la medicina prescrita por el médico.

Alumbrados por un candilejo fúnebre pendiente del techo, cenaron, extremando el convidado su sobriedad hasta el punto de no tomar más que medio huevo cocido y un platito de menestra con ración exigua de pan. Vino, ni verlo. Aunque le habían preparado una cama bien mullida con paja y unas mantas, se resistió a pernoctar allí, y defendiéndose como pudo de las afables instancias de aquella buena gente, determinó dormir con su perro en el espacioso solar donde pasado había la anterior noche. Antes de retirarse al descanso, estuvieron un ratito de tertulia, sin poder hablar de otra cosa que de la niña enferma, y de cuán vanas son, en todo caso de enfermedad, las esperanzas de alivio.