—Pues esta —dijo Fabiana señalando a Beatriz—, también está malucha.

—Pues no lo parece —observó Nazarín, mirándola con más atención que lo había hecho hasta entonces.

—Son cosas —dijo Ándara— de los condenados nervios. Está así desde que vino de Madrid; pero no se le conoce en la cara, ¿verdad? Cada día más guapa... Todo es por un susto, por muchísimos sustos que le hizo pasar aquel chavó...

—Cállate, tonta.

—Pues no lo digo...

—Lo que tiene —agregó Fabiana— es pasmo de corazón, vamos al decir, maleficio, porque crea usted, padre Nazarín, que en los pueblos hay malos quereres, y gente que hace daño con solo mirar por el rabo del ojo.

—No seáis supersticiosas os he dicho; y vuelvo a repetíroslo.

—Pues lo que tengo —afirmó Beatriz no sin cierta cortedad— es que hace tres meses perdí las ganas de comer, pero tan en punto, que no entraba por mi boca ni el peso de un grano de trigo. Si me embrujaron o no me embrujaron, yo no lo sé. Y tras el no comer, vino el no dormir; y me pasaba las noches dando vueltas por la casa, con un bulto aquí, en la boca del estómago, como si tuviera atravesado un sillar de berroqueña de los más grandones.

—Después —añadió Fabiana—, le daban unos ataques tan fuertes, pero tan fuertes, señor de Nazarín, que entre todos no la podíamos sujetar. Bramaba y espumarajeaba, y luego salía pegando gritos, y pronunciando cosas que la avergonzaban a una.

—No seáis simples —dijo Ándara con sincera convicción—; eso es tener los demonios metidos en el cuerpo. Yo también los tuve cuando pasé de la edad del pavo, y me curé con unos polvos que los llaman... cosa de broma dura..., o no sé qué.