—Fueran o no demonios —manifestó Beatriz—, yo padecía lo que no hay idea, señor cura, y cuando me daba, yo era capaz de matar a mi madre si la tuviera, y habría cogido un niño crudo o una pierna de persona para comérmela, o destrozarla con los dientes... Y después, ¡qué angustias mortales, qué ganitas de morirme! A veces no pensaba más que en la muerte, y en las muchas maneras que hay de matarse una. Y lo peor era cuando me entraban los horrores de las cosas. No podía pasar por junto a la iglesia sin sentir que se me ponían los pelos de punta. ¿Entrar en ella? Antes morir... Ver a un cura con hábitos, ver un mirlo en su jaula, un jorobado, o una cerda con crías, eran las cosas que más me horrorizaban. ¿Y oír campanas? Esto me volvía loca.

—Pues eso —dijo Nazarín— no es brujería ni nada de demonios; es una enfermedad muy común y muy bien estudiada, que se llama histerismo.

Esterismo, cabal; eso decía el médico. Me entraba el ataque sin saber por qué, y se me pasaba sin saber cómo. ¿Tomar? ¡Dios mío las cosas que he tomado! Los palitos de saúco puestos de remojo un viernes, el suero de la vaca negra, las hormigas machacadas con cebolla... ¡Pues y las cruces, y medallas, y muelas de muerto que me he colgado del pescuezo!

—¿Y está usted curada ya? —le preguntó Nazarín mirándola otra vez.

—Curada no. Hace tres días me dio la malquerencia, esto de aborrecer una; pero ya menos fuerte que antes. Voy mejorando.

—Pues la compadezco a usted. Esa dolencia debe de ser muy mala. ¿Cómo se cura? Mucha parte tiene en ella la imaginación, y con la imaginación debe intentarse el remedio.

—¿Cómo, señor?

—Procurando penetrarse bien de la idea de que tales trastornos son imaginarios. ¿No dice usted que le causaba horror la santa iglesia? Pues vencer ese horror y entrar en ella, y pedir fervorosamente al Señor el alivio. Yo le aseguro a usted que no tiene ya dentro del cuerpo ningún demonio, llamemos así a esas extrañas aberraciones de la sensibilidad que produce nuestro sistema nervioso. Persuádase usted de que esos fenómenos no significan lesión ni avería de ninguna entraña, y no volverá a padecerlos. Rechace usted la tristeza, pasee, distráigase, coma todo lo que pueda, aleje de su cerebro las cavilaciones, procure dormir, y ya está usted buena. Ea, señoras, que es tarde, y yo voy a recogerme.

Ándara y Beatriz le acompañaron hasta su domicilio, en el solar, y dejáronle allí después de arreglarle con hierba y piedras el mejor lecho posible.

—No crea usted, padre —le dijo Beatriz al despedirse—; me ha consolado mucho con lo que me ha dicho de este mal que padezco. Si son demonios, porque son demonios, si no, porque son nervios..., ello es que más fe tengo en usted que en todo el medicato facultativo del mundo entero... Conque..., buenas noches.