Rezó largo rato Nazarín, y después se durmió como un bendito hasta el amanecer. El canto gracioso de los pajarillos, que en aquellos ásperos bardales tenían sus aposentos, le despertó, y a poco entraron Ándara y su amiga a darle las albricias. ¡La niña mejor! Había pasado la noche más tranquilita, y desde el alba tenía un despejo y un brillar de ojos que eran señales de mejoría.
—¡Si no es esto milagro, que venga Dios y lo vea!
—Milagro no es —les dijo con gravedad—. Dios se apiada de esa infeliz madre. Habríalo hecho quizás sin nuestras oraciones.
Fueron todos allá, y encontraron a Fabiana loca de contento. Echó al curita los brazos, y aun quiso besarle, a lo que él resueltamente se opuso. Había esperanzas; pero no motivo aún para confiar en la curación de la niña. Podía venir un retroceso, y entonces, ¡cuánto mayor sería la pena de la pobre madre! En fin, cualquiera que fuese el resultado ya lo verían ellas, que él, si no mandaban otra cosa, se marchaba en aquel mismo momento, después de tomar un frugalísimo desayuno. Inútiles fueron las instancias y afabilidades de las tres hembras para detenerle. Nada tenía que hacer allí; estaba perdiendo el tiempo muy sin sustancia, y érale forzoso partir para dar cumplimiento a su peregrina y santa idea.
Tierna fue la despedida, y aunque reiteradamente exhortó a la feróstica de Madrid a que no le acompañara, ella dijo, en su tosco estilo, que hasta el fin del mundo le seguiría gozosa, pues se lo pedía el corazón de una manera tal, que su voluntad era impotente para resistir aquel mandato. Salieron, pues, juntos, y tras ellos multitud de chiquillos y algunas vejanconas del lugar; tanto que, por librarse de una escolta que le desagradaba, Nazarín se apartó de la carretera, y, metiéndose por el campo a la izquierda del camino real, siguió en derechura de una arboleda que a lo lejos se veía.
—¿No sabe? —le dijo Ándara, cuando se retiraron los últimos del séquito—. Me ha dicho anoche Beatriz que si la niña cura hará lo mismo que yo.
—¿Qué hará, pues?
—Pues seguirle a usted a donde quiera que vaya.
—Que no piense en tal cosa. Yo no quiero que nadie me siga. Voy mejor solito.
—Pues ella lo desea. Dice que por penitencia.