—Si la llama la penitencia, adóptela en buen hora; pero para eso no necesita ir conmigo. Que abandone toda su hacienda, en lo cual paréceme que no hace un gran sacrificio, y que salga a pedir limosna..., pero solita. Cada cual con su conciencia, cada cual con su soledad.

—Pues yo le contesté que sí, que la llevaríamos...

—¿Y quién te mete a ti...?

—Me meto, sí señor, porque quiero a la Beatriz, y sé que le probará esta vida. Como que le viene bien el ejercicio penitente para quitarse de lo que la está matando el alma, que es un mal hombre llamado el Pinto, o el Pintón, no estoy bien segura. Pero le conozco, buen mozo, viudo, con un lunar de pelo aquí. Pues ese es el que le sorbe el sentido, y el que le metió los demonios en el cuerpo. La tiene engañada: hoy la desprecia, mañana le hace mil figuras, y vele aquí por qué se ha puesto tan estericada. Le conviene, sí señor, le conviene el echarse a peregrina para limpiarse la cabeza de maldades, que si no, lleva los demonios en el vientre y pecho, y en los vacíos, en la cabeza cerebral sí que tiene sin fin de ellos. Y todo desde un mal parto; y por la cuenta fueron dos...

—¿Para qué me traes a mi esas vanas historias, habladora, entrometida? —le dijo Nazarín con enfado—. ¿Qué tengo yo que ver con Beatriz, ni con el Pinto, ni con...?

—Porque usted debe ampararla, que si no se mete pronto a penitente con nosotros, mirando un poco para lo del alma, se meterá a otra cosa mala, tocante a lo del cuerpo, ¡mal ajo! ¡Si estuvo en un tris! Cuando la niña cayó mala, ya tenía ella su ropa en el baúl para marcharse a Madrid. Me enseñó la carta de la Seve llamándola y...

—Que no me cuentes historias, ea.

—Acabo ya... La Seve le decía que se fuera pronto, y que allá..., pues...

—¡Que te calles! Vaya la Beatriz a donde quiera... No, eso no: que no acuda al llamamiento de esa embaucadora..., que no muerda el anzuelo que el demonio le tiende, cebado con vanidades ilusorias... Dile que no vaya, que allí la esperan el pecado, la corrupción, el vicio, y una muerte ignominiosa, cuando ya no tenga tiempo de arrepentirse.

—¿Pero cómo le digo todas esas cosas, padrito, si no volvemos a Móstoles?