V

—Puedes ir tú, y yo te espero aquí.

—No se convencerá por lo que yo le hable. Yendo usted en persona y parlándoselo bien, es seguro que no se pierde. En usted tiene fe, pues con lo poquito que le oyó explicar de su enfermedad, ya se tiene por curada, y no le entra más el arrechucho. Conque volvamos, si le parece bien.

—Déjame, déjame que lo piense.

—Y con eso, sabremos si al fin se ha muerto la nena, o vive.

—Me da el corazón que vive.

—Pues volvamos, señor..., para verlo.

—No; vas tú, y le dices a tu amiga... En fin, mañana lo determinaré.

En una corraliza hallaron albergue, después de procurarse cena con los pocos cuartos que les produjo la postulación de aquel día, y como al amanecer del siguiente emprendiera Nazarín la marcha con el mismo derrotero que desde Móstoles traía, le dijo Ándara:

—¿Pero usted sabe a dónde vamos?