—¿A dónde?

—A mi pueblo, ¡mal ajo!

—Te he dicho que no pronuncies más delante de mí ninguna fea palabra. Si una sola vez reincides, no te permito acompañarme. Bueno: ¿hacia dónde dices que caminamos?

—Hacia Polvoranca, que es mi pueblo, señor; y yo, la verdad, no quisiera ir a mi tierra, donde tengo parientes, algunos en buena posición, y mi hermana está casada con el del fielato. No se crea usted que Polvoranca es cualesquiera cosa, que allá tenemos gente muy rica, y los hay con seis pares... de mulas, quiere decirse.

—Comprendo que te sonrojes de entrar en tu patria —replicó el peregrino—. ¡Ahí tienes! Si fueras buena, a todas partes podrías ir sin sonrojarte. No iremos, pues, y encaminémonos por este otro lado, que para nuestro objeto es lo mismo.

Anduvieron todo aquel día, sin más ocurrencia digna de mencionarse que la deserción del perro que acompañaba a Nazarín desde Carabanchel. Bien porque el animal tuviese también parentela honrada en Polvoranca, bien porque no gustase de salir de su terreno, que era la zona de Madrid en un corto radio, ello es que al caer de la tarde, se despidió como un criado descontento, tomando soleta para la Villa y Corte, en busca de mejor acomodo. Después de hacer noche en campo raso, al pie de un fresno, los caminantes avistaron nuevamente a Móstoles, a donde Ándara guiaba, sin que don Nazario se enterase del rumbo.

—¡Calle!, ¿ya estamos otra vez en el poblachón de tus amigas? Pues mira, hija, yo no entro. Ve tú y entérate de cómo está la niña, y de paso le dices de mi parte a esa pobre Beatriz lo que ya sabes, que no haga caso de las solicitudes del vicio, y que si quiere peregrinar y hacer vida humilde, no necesita de mí para nada... Anda, hija, anda. En aquella noria vieja, que allí se ve entre dos árboles raquíticos, y que estará como a un cuarto de legua del pueblo, te espero. No tardes.

Fuese a la noria despacito, bebió un poco de agua, descansó, y no habían pasado dos horas desde que se alejó la andariega, cuando Nazarín la vio volver, y no sola, sino acompañada de otra que tal, en quien, cuando se aproximaron, reconoció a la Beatriz. Seguíanlas algunos chicos del pueblo. Antes de llegar a donde el mendigo las esperaba, las dos mozas y los rapaces prorrumpieron en gritos de alborozo.

—¿No sabe?... ¡La niña, buena! ¡Viva el santo Nazarín! ¡Vivaaa! La niña, buena..., buena del todo. Habla, come, y parece resucitada.

—Hijas, no seáis locas. Para darme la buena noticia, no es preciso alborotar tanto.