—¡Sí que alborotamos! —gritaba Ándara dando brincos.

—Queremos que lo sepan los pájaros del aire, los peces del río, y hasta los lagartos que corren entre las piedras —dijo la Beatriz radiante de júbilo, con los ojos echando lumbre.

—Que es milagro, ¡contro!

—¡Silencio!

—No será milagro, padre Nazarín; pero usted es muy bueno, y el Señor le concede todo lo que lo pide.

—No me habléis de milagros, ni me llaméis santo, porque me meteré avergonzado y corrido donde jamás volváis a verme.

Los muchachos alborotaban no menos que las mujeres, llenando el aire de graciosos chillidos.

—Si entra el señor en el pueblo, le llevan en volandas. Creen que la niña estaba muerta y que él, con solo ponerle la mano en la frente, la volvió a la vida.

—Jesús, ¡qué disparate! Cuánto me alegro de no haber ido allá. En fin, alabemos la infinita misericordia del Señor... Y la Fabiana, ¡qué contenta estará!

—Loca, señor, loca de alegría. Dice que si usted no entra en su casa, la niña se muere. Y yo también lo creo. ¿Y sabe usted lo que hacen las viejas del pueblo? Entran en nuestra casucha, y nos piden por favor que las dejemos sentar en la misma banqueta en que el bendito de Dios se sentó.