—¡Vaya un desatino! ¡Qué simplicidad! ¡Qué inocencia!

Reparó entonces don Nazario que Beatriz iba descalza, con falda negra, pañuelo corto cruzado en el busto, un morral a la espalda, en la cabeza otro pañuelo liado en redondo.

—¿Vas de viaje, mujer? —le preguntó; y no es de extrañar que la tutease, pues esta era en él añeja costumbre, hablando con gente del pueblo.

—Viene con nosotros —afirmó Ándara con desenfado—. Ya ve, señor. No tiene más que dos caminos: el que usted sabe, allá, con la Seve, y este.

—Pues que emprenda solita su campaña piadosa. Idos las dos juntas, y dejadme a mí.

—Eso nunca —replicó la de Móstoles—, pues no es bien que usted vaya solo. Hay mucha gente mala en este mundo. Llevándonos a nosotras, no tenga ningún cuidado, que ya sabremos defenderle.

—No, si yo no tengo cuidado, ni temo nada.

—¿Pero en qué le estorbamos? ¡Vaya con el señor!... —dijo la de Polvoranca con cierto mimo—. Y si se nos llena el cuerpo de demonios, ¿quién nos los echa? ¿Y quién nos enseña las cosas buenas, lo del alma, de la gloria divina, de la misericordia, y de la pobreza? ¡Esta y yo solas! Apañadas estábamos. ¡Mire que...! ¡Vaya, que quererle una tanto, sin malicia, todo por bien, y darle a una este pago!... Malas semos; pero si nos deja atrás, ¿qué va a ser de nosotras?

Beatriz nada decía, y se limpiaba las lágrimas con su pañuelo. Quedose un rato meditabundo el buen Nazarín, haciendo rayas en el suelo con su palo, y por fin les dijo:

—Si me prometéis ser buenas, y obedecerme en todo lo que os mandare, venid.