Despedidos los chicuelos mostolenses, para lo cual fue preciso darles los poquísimos ochavos de la colecta de aquel día, emprendieron los tres penitentes su marcha, tomando un senderillo que hay a la derecha del camino real, conforme vamos a Navalcarnero. La tarde fue bochornosa; levantose a la noche un fuerte viento que les daba de cara, pues iban hacia el oeste, brillaron relámpagos espantosos, seguidos de formidables truenos, y descargó una violentísima lluvia que les puso perdidos. Felizmente, les deparó la suerte unas ruinas de antigua cabaña, y allí se guarecieron del furioso temporal. Ándara reunió leña y hojarasca. Beatriz que, como mujer precavida, llevaba mixtos, prendió una hermosa hoguera, a la cual se arrimaron los tres para secar sus ropas. Resueltos a pasar allí la noche, pues no era probable encontraran sitio más cómodo y seguro, Nazarín les dio la primera conferencia sobre la Doctrina, que las pobres ignoraban o habían olvidado. Más de media hora las tuvo pendientes de su palabra persuasiva, sin retóricas ociosas, hablándoles de los principios del mundo, del pecado original, con todas sus consecuencias lamentables, hasta que la infinita misericordia de Dios dispuso sacar al hombre del cautiverio del mal por medio de la redención. Estas nociones elementales las explicaba el ermitaño andante con lenguaje sencillo, dándoles más claridad a veces con la forma de ejemplos, y ellas le oían embobadas, sobre todo Beatriz, que no perdía sílaba, y todo se lo asimilaba fácilmente, grabándolo en su memoria. Después rezaron el rosario y letanías, y repitieron varias oraciones que el buen maestro quería que aprendiesen de corrido.

Al día siguiente, después de orar los tres de rodillas, emprendieron la marcha con buena fortuna: las dos mujeres, que se adelantaban a pedir en las aldeas o caseríos por donde pasaban, recogieron bastantes ochavos, hortalizas, zoquetes de pan y otras especies. Pensaba Nazarín que iban demasiado bien aquellas penitencias para ser tales penitencias, pues desde que salió de Madrid llovían sobre él las bienandanzas. Nadie le había tratado mal: no había tenido ningún tropiezo; le daban limosna casi siempre que la pedía, y éranle desconocidas el hambre y la sed. Y a mayor abundamiento, gozaba de preciosa libertad, la alegría se deabordaba de su corazón, y su salud se robustecía. Ni un triste dolor de muelas lo había molestado desde que se echó a los caminos, y además, ¡qué ventura no cuidarse del calzado ni de la ropa, ni inquietarse por si el sombrero era flamante o viejo, o por si iba bien o mal pergeñado! Como no se afeitaba, ni lo había hecho desde mucho antes de salir de Madrid, tenía ya la barba bastante crecida: era negra y canosa, terminada airosamente en punta. Y con el sol y el aire campesino, su tez iba tomando un color bronceado, caliente, hermoso. La fisonomía clerical habíase desvanecido por completo, y el tipo arábigo, libre ya de aquella máscara, resaltaba en toda su gallarda pureza.

Cortoles el paso el río Guadarrama, que con el reciente temporal venía bastante lleno; pero no les fue difícil encontrar más arriba sitio por donde vadearlo, y siguieron por una campiña menos solitaria y estéril que la de la orilla izquierda, pues de trecho en trecho veían casas, aldehuelas, tierras bien labradas, sin que faltaran árboles y bosquecillos muy amenos. A media tarde divisaron unas casonas grandes y blancas, rodeadas de verde floresta, destacándose entre ellas una gallarda torre, de ladrillo rojo, que parecía campanario de un monasterio. Acercándose más, vieron a la izquierda un caserío rastrero y pobre, del color de la tierra, con otra torrecilla, como de iglesia parroquial de aldea. Beatriz, que estaba fuerte en la geografía de la región que iban recorriendo, les dijo:

—Ese lugar es Sevilla la Nueva, de corto vecindario, y aquellas casas grandonas y blancas con arboleda y una torre, son la finca o estados que llaman la Coreja. Allí vive ahora su dueño, un tal don Pedro de Belmonte, rico, noble, no muy viejo, buen cazador, gran jinete, y el hombre de peor genio que hay en toda Castilla la Nueva. Quién dice que es persona muy mala, dada a todos los demonios, quién que se emborracha para olvidar penas, y hallándose en estado peneque, pega a todo el mundo, y hace mil tropelías... Tiene tanta fuerza que un día, yendo de caza, porque un hombre que pasaba en su burra no quiso desapartarse, cogió burra y hombre, y levantándolos en vilo los tiró por un despeñadero... Y a un chico que le espantó unas liebres le dio tantos palos que le sacaron de la Coreja entre cuatro, medio muerto. En Sevilla la Nueva le tienen tanto miedo que, cuando le ven venir, aprietan todos a correr, santiguándose, porque una vez, no es broma, por no sé qué pendencia de unas aguas, entró mi don Pedro en el pueblo a la hora que salían de misa, y a bofetada limpia, a este quiero, a este no quiero, tumbó en el suelo a más de la mitad... En fin, señor, que me parece prudente que no nos acerquemos, porque suele andar el tal de caza por estos contornos, y fácil es que nos vea y nos dé el quien vive.

—¿Sabes que me pones en curiosidad —indicó Nazarín—, y que la pintura que has hecho de esa fiera más me mueve a seguir hacia allá que a retroceder?

VI

—Señor, no busquemos tres pies al gato —dijo Ándara—, que si ese hombre tan bruto nos arrima una paliza, con ella hemos de quedarnos.

En esto llegaban a un caminito estrecho, con dos filas de chopos, el cual parecía la entrada de la finca, y lo mismo fue poner su planta en él los tres peregrinos, que se abalanzaron dos perrazos como leones, ladrando desaforadamente, y antes que pudieran huir, les embistieron furiosos. ¡Qué bocas, que feroces dientes! A Nazarín le mordieron una pierna, a Beatriz una mano, y a la otra le hicieron trizas la falda, y aunque los tres se defendían con sus palos bravamente, los terribles canes habrían dado cuenta de ellos, si no los contuviera un guarda que salió de entre unos matojos.

Ándara se puso en jarras, y no fueron injurias las que echó de su boca contra la casa y sus endiablados perros. Nazarín y Beatriz no se quejaban. Y el maldito guarda, en vez de mostrarse condolido del daño causado por los fieros animales, endilgó a los peregrinos esta grosera intimación:

—Váyanse de aquí, granujas, holgazanes, taifa de ladrones. Y den gracias a Dios de que no les ha visto el amo; que si les ve, ¡Cristo!, no les quedan ganas de asomar las narices a la Coreja.