Apartáronse medrosas las dos mujeres, llevándose casi a la fuerza a Nazarín, que, al parecer, no se asustaba de cosa alguna. En una frondosa olmeda, por donde pasaba un arroyuelo, se sentaron a descansar del sofoco, y a lavarle las heridas al bendito clérigo, vendándoselas con trapos que la previsora Beatriz llevaba. En todo el resto de la tarde y prima noche, hasta la hora del rezo, no se habló más que del peligro que habían corrido, y la de Móstoles contó nuevos desmanes del señor de Belmonte. Decía la fama que era viudo y que había matado a su mujer. La familia, de la nobleza de Madrid, no se trataba con él, y le recluía en aquella campestre residencia como en un presidio, con muchos y buenos criados, unos para cuidarle y asistirle en sus cacerías, otros para tenerle bien vigilado, y prevenir a sus parientes si se escapaba. Con estas noticias se avivó más y más el deseo que Nazarín sentía de encararse con semejante fiera. Acordando pasar la noche en la espesura de aquellos olmos, allí rezaron y cenaron, y de sobremesa dijo que por nada de este mundo dejaría de hacer una visita a la Coreja, donde le daba el corazón que encontraría algún padecimiento grande, o cuando menos castigos, desprecios, y contrariedades, ambición única de su alma.

—¡Y qué, hijas mías, todo no ha de ser bienandanzas! Si no nos salieran al encuentro ocasiones de padecer, y grandes desventuras, terribles hambres, maldades de hombres y ferocidades de bestias, esta vida sería deliciosa, y buenos tontos serían todos los hombres y mujeres del mundo si no la adoptaran. ¿Pues qué os habíais figurado vosotras? ¿Que íbamos a entrar en un mundo de amenidades y abundancias? ¡Tanto empeño por seguirme, y en cuanto se presenta coyuntura de sufrir, ya queréis esquivarla! Pues para eso no hacía ninguna falta que vinierais conmigo; y de veras os digo que si no tenéis aliento para las cuestas enmarañadas de abrojos, y solo os gusta el caminito llano y florido, debéis volveros y dejarme solo.

Trataron de disuadirle con cuantas razones se les ocurrieron, entre ellas algunas que no carecían de sentido práctico, verbigracia, que cuando el mal les acometiese, debían apechugar con él y resistirlo; pero que en ningún caso era prudente buscarlo con temeridad. Esto arguyeron ellas en su tosco estilo, sin lograr convencerle ni aquella noche, ni a la siguiente mañana.

—Por lo mismo que el señor de la Coreja goza fama de corazón duro —les dijo—, por lo mismo que es cruel con los inferiores, sañudo con los débiles, yo quiero llamar a su puerta y hablar con él. De este modo veré por mí mismo si es justa o no la opinión, la cual a veces, señoras mías, yerra grandemente. Y si en efecto es malo el señor... ¿cómo dices que se llama?

—Don Pedro de Belmonte.

—Pues si es un dragón ese don Pedro, yo quiero pedirle una limosna por amor de Dios, a ver si el dragón se ablanda y me la da. Y si no, peor para él y para su alma.

No quiso oír más razones, y viendo que las dos mujeronas palidecían de miedo y daban diente con diente, les ordenó que le aguardasen allí, que él iría solo, impávido, y decidido a cuanto pudiera sucederle, desde la muerte, que era lo más, a las mordidas de los canes, que eran lo menos. Púsose en marcha, y ellas le gritaban:

—No vaya, no vaya, que ese bruto le va a matar... ¡Ay, señor Nazarín de mi alma, que no le volvemos a ver!... Vuélvase, vuélvase para atrás, que ya salen los perros, y muchos hombres, y uno que parece el amo, con escopeta... ¡Dios mío, Virgen Santísima, socorrednos!

Fue don Nazario en derechura de la entrada del predio, y avanzó resuelto por la calle de árboles sin encontrar a nadie. Ya cerca del edificio, vio que hacia él iban dos hombres, y oyó ladrar de perros; mas eran de caza, no los furiosos mastines del día anterior. Avanzó con paso firme, y ya próximo a los hombres, observó que ambos se plantaron como esperándole. Él les miró también, y encomendose a Dios, conservando su paso reposado y tranquilo. Al llegar junto a ellos, y antes de que pudiera hacerse cargo de cómo eran los tales, una voz imperativa y furibunda le dijo:

—¡A dónde va usted por aquí, demonio de hombre! Esto no es camino, ¡rayos!, no es camino más que para mi casa.