Parose en firme Nazarín ante don Pedro de Belmonte, pues no era otro el que así le hablaba, y con voz segura y humilde, sin que en ella la humildad delatara cobardía, le dijo:
—Señor, vengo a pedirle una caridad, por amor de Dios. Bien sé que esto no es camino más que para su casa, y como doy por cierto que en toda casa de esta cristiana tierra viven buenas almas, por eso he entrado sin licencia. Si en ello le ofendí, perdóneme.
Dicho esto, Nazarín pudo contemplar a sus anchas la arrogantísima figura del anciano señor de la Coreja, don Pedro de Belmonte. Era hombre de tan alta estatura que bien se le podía llamar gigante, bien plantado, airoso, como de sesenta y dos años; pero vejez más hermosa difícilmente se encontraría. Su rostro, del sol curtido, su nariz un poco gruesa y de pronunciada curva, sus ojos vivos bajo espesas cejas, su barba blanca, puntiaguda y rizosa, su ancha y despejada frente revelaban un tipo noble, altanero, más amigo de mandar que de obedecer. A las primeras palabras que le oyó, pudo observar Nazarín la fiereza de su genio, y la gallardía despótica de sus ademanes. Lo más particular fue que después de echarle a cajas destempladas, y cuando ya el penitente, con humilde acento, gorra en mano, se despedía, don Pedro se puso a mirarle fijamente, poseído de una intensísima curiosidad.
—Ven acá —le dijo—. No acostumbro dar a los holgazanes y vagabundos más que una buena mano de palos, cuando se acercan a mi casa. Ven acá, te digo.
Turbose Nazarín un instante, pues con todo el valor del mundo era imposible no desmayar ante la fiereza de aquellos ojos, y la voz terrorífica del orgulloso caballero. Vestía traje ligero y elegante, con el descuido gracioso de las personas hechas al refinado trato social, botas de campo, y en la cabeza un livianillo oscuro, ladeado sobre la oreja izquierda. A la espalda llevaba la escopeta de caza, y en un cinto muy majo las municiones.
«Ahora —pensó Nazarín—, este buen señor coge la escopeta, y me destripa de un culatazo, o me da con el cañón en la cabeza y me la parte. Dios sea conmigo».
Pero el señor de Belmonte seguía mirándole, mirándole, sin decir nada, y el hombre que iba en su compañía, también armado de escopeta, les miraba a los dos.
—Pascual —dijo el caballero a su criado—, ¿qué te parece este tipo?
Como Pascual no respondiese, sin duda por respeto, don Pedro soltó una risotada estrepitosa, y encarándose con Nazarín añadió:
—Tú eres moro... Pascual, ¿verdad que es moro?