—Señor, soy cristiano —replicó el peregrino.

—Cristiano de religión... ¡Y a saber...! Pero eso no quita que seas de pura raza arábiga. ¡Ah!, conozco yo bien a mi gente. Eres árabe, y de Oriente, del poético, del sublime Oriente. ¡Si tengo yo un ojo...! ¡En seguida que te vi...! Ven conmigo.

Y echó a andar hacia la casa, llevando a su lado al pordiosero, y detrás al sirviente.

—Señor —repitió Nazarín—, soy cristiano.

—Eso lo veremos... ¡A mí con esas! Para que te enteres, yo he sido diplomático, y cónsul, primero en Beirut, después en Jerusalén. En Oriente pasé quince años, los mejores de mi vida. Aquello es país.

Creyó Nazarín prudente no contradecirle, y se dejó llevar, hasta ver en qué paraba todo aquello. Entraron en un largo patio, donde oyó ladrar los perros del día anterior... Les conocía por el metal de voz. Luego atravesaron una segunda portalada, para pasar a otro corralón más grande que el primero, donde algunos carneros y dos vacas holandesas pastaban la abundante hierba que allí crecía. Tras aquel patio, otro más chico, con una noria en el centro. Tan extraña serie de recintos murados pareciéronle a Nazarín fortaleza o ciudadela. Vio también la torre que desde tan lejos se divisaba, y que era un inmenso palomar, en torno del cual revoloteaban miles de parejas de aquellas lindas aves.

Desembarazose el caballero de su escopeta, que entregó al criado, mandándole que se alejara, y se sentó en un poyo de piedra.

Las primeras frases de la conversación entre el mendigo y Belmonte fueron de lo más extraño que puede imaginarse.

—Dime: si ahora te arrojara yo a ese pozo, ¿qué harías?

—¿Qué había de hacer, señor? Pues ahogarme, si tiene agua; y si no la tiene, estrellarme.