—Ven acá... Quiero examinarte, antes de responderte.
Llevole a una estancia espaciosa, amueblada con antiguos sillones de nogal, mesas de lo mismo, arcones y estantes, y señalándole un asiento, se sentó él también; mas pronto se puso en pie, y fue de un lado para otro mostrando una inquietud nerviosa, que habría desconcertado a hombres de peor temple que el gran Nazarín.
—Tengo una idea..., ¡oh, qué idea!... ¡Si fuera...! Pero no, no puede ser. Sí que es... El demonio me lleve si no puede ser. Cosas más extraordinarias se han visto... ¡Rayos! Desde el primer momento lo sospeché... No soy hombre que se deja engañar... ¡Oh, el Oriente! ¡Qué grandeza!... Solo allí existe la vida espiritual...
Y no decía más que esto, paseo arriba, paseo abajo, sin mirar al clérigo, o parándose para mirarle de hito en hito con asombro y cierta turbación. Don Nazario no sabía qué pensar, y ya creía ver en el señor de la Coreja el mayor extravagante que Dios había echado al mundo, ya un tirano de refinada crueldad, que preparaba a su huésped algún atroz suplicio, y jugaba con él, como el gato con el ratón antes de comérselo.
«Si me achico —pensó—, seré sacrificado de una manera desairada y estúpida. Saquemos partido de la situación, y si este gigante furioso ha de hacer en mí una barbaridad, que no sea sin oír antes las verdades evangélicas».
—Señor mío, hermano mío —le dijo levantándose, y tomando el tono sereno y cortés que usar solía para reprender a los malos—, perdone a mi pequeñez que se atreva a medirse con su grandeza. Cristo me lo manda: debo hablar y hablaré. Veo al Goliat ante mí, y sin reparar en su poder, me voy derecho a él con mi honda. Es propio de mi ministerio amonestar a los que yerran; no me acobarda la arrogancia del que me escucha; mis apariencias humildes no significan ignorancia de la fe que profeso, ni de la doctrina que puedo enseñar a quien lo necesite. No temo nada, y si alguien me impusiera el martirio en pago de las verdades cristianas, al martirio iría gozoso. Pero antes he de decirle que está usted en pecado mortal, que ofende a Dios gravemente con su soberbia, y que si no se corrige, no le servirán de nada su estirpe, ni sus honores y riquezas, vanidad de vanidades, inútil peso que le hundirá más cuanto más quiera remontarse. La ira es daño gravísimo, que sirve de cebo a los demás pecados, y priva al alma de la serenidad que necesita para vencer el mal en otras esferas. El colérico está vendido a Satanás, quien ya sabe cuán poco tiene que luchar con las almas que fácilmente se inflaman en rabia. Modere usted sus arrebatos, sea cortés y humano con los inferiores. Ignoro si siente usted el amor de Dios; pero sin el del prójimo, aquel grande amor es imposible, pues la planta amorosa tiene sus raíces en nuestro suelo, raíces que son el cariño a nuestros semejantes, y si estas raíces están secas, ¿cómo hemos de esperar flores ni frutos allá arriba? La sorpresa con que usted me escucha, me prueba que no está acostumbrado a oír verdades como estas, y menos de un infeliz haraposo y descalzo. Por eso la voz de Cristo en mi corazón me dijo una y otra vez que entrase, sin temor a nada ni a nadie, y por eso entré, y heme puesto delante del dragón. Abra usted sus fauces, alargue sus uñas, devóreme si gusta; pero expirando le diré que se enmiende, que Cristo me manda aquí para llamarlo a la verdad, y anunciarle su condenación si no acude pronto al llamamiento.
Grande fue la sorpresa de Nazarín al ver que el señor de la Coreja no solo no se enfurecía oyéndole, sino que le oía con atención y hasta con respeto, no ciertamente humillándose ante el sacerdote, sino vencido del asombro que tales conceptos en boca de persona tan humilde le causaban.
—Ya hablaremos de eso —le dijo con calma—. Tengo una idea..., una idea que me atormenta..., porque has de saber que de algún tiempo acá, la pérdida de la memoria es el mayor suplicio de mi vida, y la causa de todas mis rabietas...
De repente se dio una palmada en la frente, y diciendo: «Ya la cogí. ¡Eureka, eureka!», se fue casi de un salto al cuarto próximo, dejando solo y cada vez más desconcertado al buen peregrino. El cual, como Belmonte dejara abierta la puerta, pudo verle en la estancia inmediata, que era al modo de biblioteca o despacho, revolviendo papeles de los muchos que sobre una gran mesa había. Ya pasaba la vista rápidamente por periódicos grandísimos, al parecer extranjeros, ya hojeaba revistas, y por fin sacó de un estante legajos que examinaba con febril presteza. Duró esto cerca de una hora. Vio Nazarín que entraron criados en el despacho, que el señor les daba órdenes, por cierto con mejor modo que antes, y por último, criados y señor desaparecieron por otra puerta que daba a las interioridades de aquel vasto edificio. Al quedarse solo, el buen padrito examinó con más calma la habitación en que se encontraba; vio en las paredes cuadros antiguos, religiosos, bastante buenos: san Juan reprendiendo a Herodes delante de Herodías; Salomé bailando; Salomé con la cabeza del Bautista; por otro lado, santos de la orden de Predicadores, y en el testero principal un buen retrato de Pío IX. Pues, señor, seguía sin entender la casa, ni al dueño de ella, ni nada de lo que veía. Ya empezaba a temer que le abandonaban en aquel solitario aposento, cuando entró un criado a llamarle y le dijo que le siguiera.
«¿Para qué me querrán? —se decía, atravesando tras el fámulo salas y corredores—. Dios sea conmigo, y si me llevan por aquí para meterme en una mazmorra, o arrojarme en una cisterna, o segarme el pescuezo, que me coja la muerte en la disposición que he deseado toda mi vida».