Pero la mazmorra o cisterna a que le llevaron era un comedor espacioso, alegre y muy limpio, en el cual vio la mesa puesta, con todo el lujo de fina loza y cristalería que se estila en Madrid, y en ella dos cubiertos no más, uno frente a otro. El señor de Belmonte, que allí estaba, vestido de negro, el cabello y barba muy bien atusados, camisa con pechera y cuello lustrosos, señaló a Nazarín uno de los asientos.

—Señor —balbució el penitente turbado y confuso—, ¿con esta facha mísera he de sentarme a mesa tan elegante?

—Que se siente digo, y no me obligue a repetirlo —añadió el caballero con más aspereza en la palabra que en el tono.

Comprendiendo que la gazmoñería no cuadraba a su humildad sincera, don Nazario se sentó. Una negativa insistente habría resultado más bien afectado orgullo que amor de la pobreza.

—Me siento, señor, y acepto el desmedido honor que usted hace, sentándole a su mesa, a un pobre de los caminos que ayer fue mordido cruelmente por los perros de esta casa. Parte de lo que dije hace poco a usted por mandato de mi Señor, queda sin efecto por este acto suyo de caridad. Quien tal hace, no es, no puede ser enemigo de Cristo.

—¡Enemigo de Cristo! ¿Pero que está usted diciendo, hombre? —exclamó el gigante del modo más campechano—. ¡Si Él y yo somos muy amigos!

—Bien... Pues si acepto su noble invitación, señor mío, le suplico me dé licencia para no alterar mi costumbre de comer tan solo lo preciso para alimentarme. No, no me eche vino: no lo pruebo jamás, ni ninguna clase de licores.

—Usted come lo que quiere. No acostumbro molestar a mis invitados, haciéndoles rebasar la medida de su apetito. Se le servirá de todo, y usted come o no come, o ayuna, o se harta, o se queda con hambre, según le cuadre... Y en premio de esta concesión, señor mío, yo a mi vez, le pido me dé licencia...

—¿Para qué? No la necesita usted para mandarme cuanto se le ocurra.

—Licencia para interrogarle...