—¿Sobre qué?

—Sobre los problemas pendientes, del orden social y religioso.

—No sé si mi escasísimo saber me permitirá contestarle con el acierto que usted sin duda espera de mí...

—¡Oh! Si empieza usted por disimular su ciencia, como disimula su condición, hemos concluido.

—Yo no disimulo nada; soy tal como usted me ve; y en cuanto a mi ciencia, si desde luego declaro que es mayor de lo que corresponde a la vida que llevo y a los trapos que visto, no la tengo por tan superior que merezca manifestarse ante persona tan ilustrada.

—Eso lo veremos. Yo sé poco; pero algo aprendí en mis viajes por Oriente y Occidente, algo también en el trato social, que es la biblioteca más nutrida y la mejor cátedra del mundo, y con lo que he podido observar, y un poquito de lectura, prestando atención excepcional a los asuntos religiosos, atesoro unas cuantas ideas que son para mí la propiedad más estimable. Pero ante todo..., ya rabio por preguntárselo..., ¿qué piensa usted del estado actual de la conciencia humana?

VIII

«Ahí es nada la preguntita —dijo Nazarín para su sayo—. Tan compleja es la cuestión que no sé por dónde tomarla».

—Quiero decir, el estado presente de las creencias religiosas en Europa y América.

—Creo, señor mío, que los progresos del catolicismo son tales, que el siglo próximo ha de ver casi reducidas a la insignificancia las iglesias disidentes. Y no tiene poca parte en ello la sabiduría, la bondad angélica, el tacto exquisito del incomparable pontífice que gobierna la Iglesia...