—Su Santidad León XIII —dijo gallardamente el señor de Belmonte—, a cuya salud beberemos esta copa.
—No. Dispénseme. Yo no bebo, ni a la salud del Papa, porque ni el Papa, ni Cristo nuestro Salvador han de querer que yo altere mi régimen de vida... Decía que en la humanidad se notan la fatiga y el desengaño de las especulaciones científicas, y una feliz reversión hacia lo espiritual. No podía ser de otra manera. La ciencia no resuelve ninguna cuestión de trascendencia en los problemas de nuestro origen y destino, y sus peregrinas aplicaciones en el orden material tampoco dan el resultado que se creía. Después de los progresos de la mecánica, la humanidad es más desgraciada; el número de pobres y hambrientos, mayor; los desequilibrios del bienestar, más crueles. Todo clama por la vuelta a los abandonados caminos que conducen a la única fuente de la verdad, la idea religiosa, el ideal católico, cuya permanencia y perdurabilidad están bien probadas.
—Exactamente —afirmó el gigantesco prócer, que, entre paréntesis, comía con voraz apetito, mientras su huésped apenas probaba los variados y ricos manjares—. Veo con júbilo que sus ideas concuerdan con las mías.
—La situación del mundo es tal —prosiguió Nazarín animándose—, que ciego estará quien no vea las señales precursoras de la edad de oro religiosa. Viene de allá un ambiente fresco que nos da de cara, anunciándonos que el desierto toca a su fin, y que la tierra prometida está próxima, con sus risueños valles y fertilísimas laderas.
—Es verdad, es verdad. Pienso lo mismo. Pero no me negará usted que la sociedad se fatiga de andar por el desierto, y como tarda en llegar a lo que anhela, se impacientará y hará mil desatinos. ¿Dónde está el Moisés que la calme, ya con rigores, ya con blanduras?
—¡Ah, el Moisés...! No sé.
—Ese Moisés, ¿lo hemos de buscar en la filosofía?
—No, seguramente: la filosofía es en suma un juego de conceptos y palabras, tras el cual está el vacío, y los filósofos son el aire seco que sofoca y desalienta a la humanidad en su áspero camino.
—¿Encontraremos ese Moisés en la política?
—No, porque la política es agua pasada. Cumplió su misión, y los que se llamaban problemas políticos, tocantes a libertad, derechos, etc., están ya resueltos, sin que por eso la humanidad haya descubierto el nuevo paraíso terrenal. Conquistados tantísimos derechos, los pueblos tienen la misma hambre que antes tenían. Mucho progreso político, y poco pan. Mucho adelanto material, y cada día menos trabajo, y una infinidad de manos desocupadas. De la política no esperemos ya nada bueno, pues dio de sí todo lo que tenía que dar. Bastante nos ha mareado a todos, tirios y troyanos, con sus querellas públicas y domésticas. Métanse en su casa los políticos, que nada han de traer provechoso a la humanidad; basta de discursos vanos, de fórmulas ridículas, y del funestísimo encumbramiento de las nulidades a medianías, y de las medianías a notabilidades, y de las notabilidades a grandes hombres.